lunes, 17 de septiembre de 2018

Morgan

Primero vi el fuego. Una gran cantidad de llamas, todo un mar de ellas. A través de sus muros de tonos amarillos, naranjas y rojiceos, había figuras. Figuras oscuras, tenues. Siluetas sin color definido pero definitivamente eran personas. Dichoso, me decía a mí mismo. Había olvidado casi por completo cómo lucía una persona, su forma, los movimientos. Tampoco recordaba la voz de un ser humano, ni la clase de sensación que provocaba la empatía con otro alma. Sí recordaba, sin embargo, el viento. El viento que me soplaba al oído como suaves y sensuales jadeos de una amante anhelante de una caricia, o de cualquier otro deseo ¿O era eso, precisamente, una voz? Sí... A veces, parecía que alguien me hablaba. A veces, parecía que estaba acompañado, lejos de la oscuridad, donde aún podía alcanzrme un resquicio de esperanza. Justo cuando dejé de oír el viento, fue cuando oí el estruendo.

Alcé la mirada para contemplar la estancia, si es que se podía llamar así, en que me encontraba. Había alguien. Un agujero en el techo permitía que pequeños halos de luz natural se filtraran. Parecían haces azulados, hermosos, hechizantes. Y bajo esa pequeña luz tímida y diminuta, una forma sugerente. Cabellos largos, ojos claros, un contorno atrapante. Era una diosa. Una diosa terrenal que hacía que nosotros, simples mortales en los que me incluía junto a mis congéneres, no nos merecieramos para nada pisar la misma tierra que ella -No puede ser verdad- dijo ¿El qué? Quise saber yo -Esto no me gusta...- volvió a mascullar, pero se acercó con pasos tímidos, tentada. ¿Qué? ¿Qué era lo que no podía ser verdad? Deseé ayudarla, escucharla. Era el primer ente que se presentaba ante mí desde que dejé de contar el paso del tiempo; desde que olvidé lo que era el tiempo. Miraba aterrada algo a mis pies y decidí seguir su mirada con la mía ¡Dios! Cuando lo vi, tumbado casi sobre mis pies, me pregunté cómo demonios nunca había sido capaz de identificar que... mi cuerpo... yacía muerto a mis pies, en el suelo ¿¡Cómo era posible!? ¡Era una total y absoluta locura! Quise gritar, gritar hasta desgañitarme. Arrancarme los pulmones de una sola voz que arrojara todo mi miedo y pesar, mi angustia, hacia el exterior. Que esa mujer tan bella como los ángeles me ayudara... pero los muertos no gritan.

Bastian

-Nos estamos alejando mucho- comentó con un deje de preocupación Luca, mientras miraba atrás a casi cada paso que daba. A esas alturas, ya deberían percibir nuestra ausencia en los ritos. Claro, eso sin contar que los imbéciles de Rayley no nos hubiesen delatado ya ante los maestros. Tan sólo con valorar esa posibilidad, me negaba en absoluto a regresar. Si me iban a castigar que fuera por una buena razón. Por haber ayudado a Leah. Lo necesitaba -Bast ¿Me oyes?- insistió
-Luca- le miré con ojos suplicantes -Para ya, por favor te lo pido ¿Tan complicado es de entender que hagamos lo que hagamos ya es inevitable? No vamos a solucionar nada regresando- chasqueé la lengua. No quería discutir con mi mejor amigo.
-Pero...- Bonnie se agregó a la conversación -Luca no se equivoca, Bastian. No conocemos del todo estos bosques. Quizá nuestras maestras, pero las aprendizas no. Con esto quiero recalcar que si nos perdemos no sabré regresar- se enredaba los dedos nerviosa
-Pues habla con el bosque y que te guíe- mascullé. Sabía que ellas, las brujas, tenían una conexión especial con lo terrenal.
-No es tan fácil. Algo así me llevaría minutos u horas. Estoy algo nerviosa- agregó
-Ya la has oido Bast. Será mejor que volvamos- Luca se puso junto a Bonnie y casi la rodeó con un brazo. Me fijé, por supuesto. Quizá lo hizo llevado por cierta preocupación, pero la razón principal fueron las hormonas. Luca apestaba a lujuria desde mi posición. Sabía que en su retorcida mente fantaseaba con que realmente él y ella se perdieran en el bosque y esas historias sobre las brujas fueran ciertas: que alcanzaban el pináculo de su poder mediante un sexo profano y sepulcral. Pobre iluso. Iluso y salido.
-No voy a ninguna parte- concluí, severo -Idos vosotros si queréis. No tenéis por qué acompañarme. No me debéis nada- traté de decirlo con la voz más amable que era capaz de entonar. No pretendía despreciar su compañía
-Leah también es nuestra amiga. Bast. Nos importa como a ti- Bonnie suspiró
-Entonces dejad de quejaros ¡Venga! Quizá se sigue alejando de nosotros- apresuré entonces reanudando la marcha.

Ambos me siguieron durante largos minutos más. A cada paso contaba un nuevo castigo en mi mente. Arthur me volvería la cara al verme por los pasillos del Círculo, Joseph nos ataría el alma al mar para que nos ahogásemos si salíamos del refugio, Eric el Loco haría cálculos sobre cómo abrirnos en canal y explorar nuestro interior sin matarnos y Norman simplemente nos mandaría a entonar el reglamento de la orden de hechiceros hasta que se nos cayese la lengua. En cuanto al Gran Maestro Nikolai, seguramente, nos mandaría al Crucis. No se alejaba demasiado a como murió aquel a quien en su día consideraron un mesías cuando realmente era otro más de los hechiceros. La diferencia es que en lugar de clavarnos en una talla de madera con clavos y lanzadas, usaría nuestra propia columna vertebral y brazos como "cruz" de soporte para nuestros cuerpos desgarrados y sanguinolientos. Temblé como un terremoto sólo de imaginarlo y seguramente Luca también lo pensaba cada corto tiempo. Así de estrictas eran las doctrinas de hechicería en el Círculo... pero se trataba de Leah
-¿Habéis oído eso?- preguntó de pronto Bonnie, deteniendo el avance
-¿Qué has oído?- pregunté, interesado. Ella escuchaba más de lo que Luca y yo podíamos oír en un bosque. Las hijas de Salem siempre estaban más arraigadas, como mencioné, a la tierra. Los hechiceros manteníamos un profundo lazo con el Otro Lado en su lugar y a otros elementos más... metafísicos
-Un grito. Era Leah- se alertó -¡Es Leah!-
-¿¡Hacia dónde!?- la aferré por los hombros -¡Bonnie!- reclamé
-¡Allí!- señaló y en seguida emprendimos el camino a toda velocidad.

Morgan

La chica gritó y cayó al suelo de espaldas debido a la impresión. Debí suponer en ese entonces que ver a un muerto abrir los ojos y levantarse no era cosa común ni en su mundo ni en ningún otro. Realmente no sé cómo sucedió.

Apenas ella había dado un par de pasos hacia mi cuerpo, dejé de verme a mí mismo desde fuera. Sentí un enorme pesar en los párpados, un sueño profundo que sólo me pedía dormir y dormir. No obstante, quería verla. Quería ver a esa mujer tan hermosa más de cerca. Así que me esforcé. Abrí los ojos entonces y... ella gritó. Estaba tendido boca arriba y la miré desde el suelo. Me dolían los huesos y cada músculo hasta niveles insospechados que jamás imaginé que se pudieran sentir. Recordé brevemente las escrituras y quizá, sólo tal vez, aquel era la clase de dolor que Dios daba a aquellos que pecaban y obraban contra el divino mandato... ¿Pero por qué? -Aaah...- llegué a decir, balbuciendo, luchando por sentarme aunque fuese contra la fría y húmeda pared -Aaah...-
-Esto no puede estar pasando, de verdad que no- la chica se llevó una mano a la frente, como si tuviese fiebre -Lo... lo que fumé. Maldita sea...-
-Aaah... Agua...- suplicó mi garganta malograda. De repente, aquella mujer que había ante mí no era aquella figura angelical que me encandiló. Era apenas una muchacha ¿Quién era ella? ¿..Y yo? ¿Quién era yo?
-¿Qué...?- preguntó, temblorosa
-Agua... Yo...- tosí violentamente. Me revolví en el suelo como un gusano que estaba a punto de morir. Me dolía todo a la más mínima sacudida. Dios, Padre y Espíritu ¡Cuanta angustia!
-¿Que demonios pasa aquí...?- la escuché preguntarse con voz temblorosa y quebrada
-¡Leah!- oí, de pronto. Alguien más parecía haber llegado.

Bastian

La encontré. La encontramos. Por fin dimos con ella -¡Leah!- llamé desde arriba, aferrado al borde del abismo por el que cayó -¿¡Estás ahí!?- pregunté con energía
-¡Estoy aquí!- contestó a toda prisa, como si estuviese aterrorizada
-Vamos a sacarte de ahí, aguanta- añadió Bonnie -Aguarda un momento para que... ¿¡Qué haces!?- me vio saltar de improvisto, cayendo junto a la chica. Me di un buen golpe y me calambrearon las piernas, pero al menos así ella no estaría sola
-Aquí estoy ¡Ya estoy! Ufff...- me quejé acariciándome las piernas -¿Estás bien?- le puse una mano en el hombro, pero me fijé en que no me miraba, sino al frente, con cierto pánico. Me embriagó el hedor de un cadáver desde que bajé. Decidí seguir a su mirada. Allí estaba ese hombre, retorciéndose como una pesadilla -¿¡Qué coño!?-
-¿¡Qué pasa ahí abajo!?- preguntó Luca mientras Bonnie se daba prisa en convocar a las raices de los árboles que, lentamente, se enredaban formando una suerte de escalera natural hacia nuestra posición atravesando el agujero en el suelo
-Qué es lo que no pasa- me dije a mí mismo en baja voz. Al cabo de un instante, el hombre dejó de moverse
-E-estaba muerto. Huele a muerto. Este lugar...- Leah estaba nerviosa y empezaba a comprenderla
-Este lugar no huele a muerte Leah- reflexioné -Huele a fría, lúgubre y húmeda oscuridad- en cuanto acabé la frase, el hombre se puso en pie como si fuese un muñeco de trapo. Literalmente se agitó en el aire hasta quedar erguido como una sábana movida por el viento. Supe que había algo más. Una fuerza invisible movía los hilos
-Hechicero...- susurró -¡Hechicero!- repitió, pero esta vez con rabia desbocada. Percibí el ataque justo a tiempo. El lugar se llenó de fuego. Prendió como si estuviese inundado de aceite. Magia ¿Pero él...? Daba igual, no había tiempo para pensar. Eregí ante Leah y yo un escudo psíquico, como una pompa de cristal en nuestro alrededor. Las llamas así no nos alcanzaron, pero el calor era otra cosa
-¡Bast, Leah!- clamó Luca
-¡Ni se os ocurra bajar!- ordené, manteniendo la concentración y las manos al frente mientras las llamas seguían viniendo como una tormenta huracanada. Apenas veía al tipo del que provenía el ataque
-¡Joder! ¡Haz algo Bonnie!- suplicaba Luca mientras la chica hacía lo que podía
-¡Leah!- pedí yo, mirándola -¡Lo que sea! ¡Algo!- entonces salió de su asombro, por fin. Al verse en peligro recobró la conciencia que ese pequeño y sorprendente encuentro con un muerto viviente le había causado y no tardó en llevar las manos al suelo. Respiró hondo para recomponerse y concentrarse. Las llamas comenzaron entonces a sofocarse ante una creciente humedad en el ambiente. De las profundidades de la tierra y la piedra de aquella especie de tumba en la que nos encontrábamos, surgían partículas de agua de todas partes que apagaban las llamas lentamente. El hechizo de fuego no era en absoluto tan poderoso como imaginé. El hombre pareció rendirse tras aquel débil intento de combate. No estaba a nuestro nivel.

Una vez apagado el fuego y fuera de peligro, derribé el escudo psíquico y Leah y yo observamos como aquel tipejo caía de bruces al suelo. Una fuerte oleada de viento recorrió el lugar en un instante y se filtró a través del agujero de entrada sobre nuestras cabezas -¿Qué ha sido eso?- pregunté extrañado
-¿Qué es él?- preguntó Leah, cambiando la dirección de la pregunta. Ambos miramos largamente al hombre que, de pronto, parecía haber caido inconsciente. Nos atacó con debilidad, pero nos atacó. Y lo hizo al grito de "hechicero". Sopesé las posibilidades... y ninguna me convencía en absoluto
-Me temo que no lo sé...- bufé -Pero no podemos dejarlo aquí sin más. Tiene poder... y uno muy extraño- ella asintió, convencida. Su expresión de desconcierto parecía haber desaparecido definitivamente -Debemos volver al Gran Fuego- dije mirándola -Y deberíamos llevarlo con nosotros. Los maestos deben de saber de esto- ella me miró entonces a los ojos por primera vez desde ese nuevo reencuentro. Supe al instante que era la idea más acertada, a la par que estúpida. Lo que no supe adivinar es que me arrepentiría el resto de mis días de aquella decisión.

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