Arthur
La Cámara del Pensamiento. Qué lugar tan maravilloso. Asombroso, diría. Poco importaban los años y sabía, en los más profundo de mí, que incluso poco importaban las edades que pudieran pasar sobre la faz del maravilloso planeta en el que todos vivimos, siempre sería un lugar capaz de sobrecoger el corazón. Amplia, profunda y en forma de media luna, con estatuas de Grandes Maestros del pasado decorando la pared semicircular a modo de pilares. Sus ojos de piedra siempre eternamente clavados en la figura de aquel que se atreviera a entrar en la sala, donde sólo los maestros tenían permitido el acceso. Allí estaban ellos, mis compañeros, mis hermanos, y el Gran Maestro. Todos se hallaban sentados con las piernas cruzadas, con la particularidad de estar levitando a unos centímetros del suelo -Torre de control al habla- bromeé, sin poder evitar reirme al verlos tan concentrados. Josh, uno de los más jóvenes maestros del Círculo, abrió los ojos súbitamente, se desestabilizó y cayó de golpe con un ruido sordo
-Maldito seas, Arthur. Te maldigo- gruñó acariciándose los cuartos traseros con mala cara
-No deberías maldecir. Pueden pasar cosas escalofriantes- al oír la conversación, el resto de maestros: Eric, Norman y el Gran Maestro Nikolai descendieron de nuevo al suelo y rompieron su concentración
-Arthur...- suspiró Nikolai -Quedan unos minutos para que nos pongamos en marcha ¿Qué te trae aquí para interrumpirnos? Si has decidido no participar en la meditación, no tienes por qué venir-
-No pretendía entorpecer, Gran Maestro- incliné la cabeza con respeto -Es sólo que quería hablar con vosotros antes de que iniciasemos el transporte a la meseta- crucé las manos tras la espalda
-¿Y de qué quieres hablar?- terció Norman entrelazando sus manos. Las canas en sus sienes le daban un aspecto de madurez y sabiduría ciertamente intimidantes. Apreciaba mucho a ese hombre
-Bueno, no es nada nuevo, pero...- cerré los ojos
-No- inquirió Josh poniéndose en pie -No volverás a hablar de ello ¿Verdad?- dijo con voz calmada, pese a su tono severo
-Me temo que no tengo elección- asentí -Cada año se ha celebrado en el mismo lugar y, sin tener nada en contra de nuestras hermanas brujas, considero que sería buen momento que buscásemos otro sitio donde celebrar esta agradable noche- sonreí -La magia está en todas partes-
-Pero no las brujas- asintió Eric -Les coge cerca. Ellas no son del tipo que utilizan portales- ladeó la cabeza, reflexivo -Les va más eso de andar desnudas por el bosque para llegar a sus... objetivos- sonrió de forma amplia e inquietante -Y quién fuera objetivo...- imaginó
-Comprendo lo molesto que resultaría para ellas tener que desplazarse a una mayor distancia, pero...-
-Arthur, querido y viejo amigo- Nikolai se puso en pie y me miró con ojos brillantes, empapados de saber y poder -Desde que acudiste por ver primera con nosotros a la celebración del Gran Fuego de Halloween nos has advertido de forma incansable sobre ese remoto lugar al que acudimos- me estudiaba, podía sentirlo -Pero...- caminó hacia mí y extendió su anciana mano, alcanzando mi hombro y apretándome suavemente con gentileza, como él siempre era -...hemos analizado ese lugar incontables veces desde entonces y nada hemos encontrado. Allí no hay más magia que la que hay en el resto del mundo, y la de las brujas. No hay espectros, ni demonios, ni puertas al Otro Lado. Allí no reina oscuridad alguna. Temes a fantasmas que tus ojos no alcanzan a ver- escuché con paciencia las palabras de mi anciano amigo
-Nikolai... ¿Cuántas veces me equivoco, amigo mío?- apelé a sus recuerdos. El anciano suspiró pesarosamente
-Todas las veces que has dicho que ese lugar está maldito- agregó Josh con mala gana, mirándome fijamente -Siempre, sin remedio, te has equivocado ¿Y sabes qué, señor Brook? Opino que se te ha subido a la cabeza la admiración que este Círculo de hechiceros te tiene. La estima, los honores, te han anidado en esa azotea enorme que tienes por cabeza como una bandada de pájaros cuyo plumaje está compuesto únicamente de ego y demencia-
-¡Joseph!- tronó Nikolai. Su mano apretó más mi hombro mientras miraba molesto a mi compañero maestro -No toleraré insulto alguno a ningún miembro de este Círculo, ni de parte de aprendices ni profesores- gruñó
-Claro- asintió Josh con mirada displicente -Nadie debe insultar al estandarte del Círculo. Él sí puede aparecer cuando quiere y donde quiere, interrumpiendo meditaciones y enseñanzas, elucubrando sobre fuerzas oscuras que no existen, sembrando la semilla de la duda, el miedo y la desesperanza. Toda la sangre vertida durante años, lustros, décadas y siglos entre hechiceros y brujas hasta alcanzar una tregua de paz tirado por tierra si hiciesemos caso a las palabras de un maestro engreido con aires de grandeza. Pero no, Gran Maestro, nadie debe insultar. Ni aprendices ni maestros- no miraba a Nikolai en ningún momento. Sus ojos claros estaban clavados en mí y nisiquiera pestañeaba. Estaba furioso. Siempre percibí su animadversión hacia mí pero con los años se volvía peor
-Hijos de puta- dijo entonces Eric. Se creó un extraño silencio y, posteriormente, comenzó a desternillarse de risa él solo
-Esta reunión ha concluido. La Cámara del Pensamiento no es lugar para disputas. No crearemos disturbios en este Círculo aunque la vida me vaya en ello- sentenció -Marchaos, los tres. Preparaos para partir- ordenó, dejando completamente de lado vínculos y amistades. Eso era lo que convertía a Nikolai en un magnífico Gran Maestro. Sabía separar su deber para con el Círculo y la magia y sus relaciones personales. Por eso eramos fuertes, por eso estabamos a salvo -Joseph- dijo antes de que saliese éste último, pasándole por el lado -No quiero oír una palabra más a lo largo de la noche. No quiero veros discutir a ninguno de vosotros, ni entre vosotros. Dejaréis atrás este y cualquier otro tema que cree rencillas. Ante las brujas somos una unidad tan fuerte como ellas ¿Está claro?- Josh asintió despacio
-Claro...- sonrió hasta mostrar poco a poco los blancos dientes de forma misteriosa -¿Cómo iba a poner en entre dicho la autoridad de los hechiceros ante nuestras enemigas juradas, pese a que ahora somos aliados? No soy yo, de nosotros, el que pretende insultarlas- me disparó una última mirada y se marchó. Suspiré. No había remedio con ese hombre.
Bastian
El portal era un abismo oscuro capaz de absorver hasta el último de los pensamientos de quien lo mirase de forma indefinida. El Gran Maestro Nikolai era el único hechicero conocido capaz de abrir uno tan grande, capaz de albergar a todo el Círculo. Por ello era enorme, un agujero negro de posibilidades. Pese a los años que llevaba viviendo entre hechiceros y viajando a diversos lugares y celebraciones utilizándolos, nunca dejaban de fascinarme. La capacidad de ir a cualquier lugar en un instante... Sólo de imaginar a los no mágicos ignorando esas posibilidades daba escalofríos -¿Creéis que estará esa zorra presente?- oí a mis espaldas. Nathaniel, otra vez, hablando con su grupito de fantásticos alumnos intratables e iracundos. La crème de la crème -Os juro que si la veo presente voy a vengar a William de la peor forma posible- gruñía -Me importa una mierda la alianza. Ella la quebró matando a uno de los nuestros. La voy a abrir en canal desde ese coño sucio de bruja hasta la garganta, le voy a sacar las tripas y las utilizaré para invocar demonios de los abismos del Otro Lado. Y les ordenaré que violen sus interiores de forma lasciva y, luego, que se den un festín con lo que quede de ella- dijo vanagloriándose de su sórdida imaginación. Sus secuaces le jaleaban y daban ánimos
-No escuches a ese imbécil- Luca estaba a mi lado, distraido con su constante obsesión de morderse las uñas cuando va a utilizar algo de magia más fuerte de lo normal, como en ese caso el uso del portal -Que hable, sí, que hable- asintió sonriente -A ver si es tan valiente una vez tenga una horda chochitos furiosos y jadeantes por practicar ritos con sus huesos y su sangre-
-Sois todos ciertamente despectivos a la hora de referiros a ellas ¿no?- fruncí los labios, pensativo
-Son brujas tío, ya las conoces de sobra- se encogió de hombros
-Y tú. Conocemos a Leah, conocemos a algunas. No son... chochitos- dije con rintintín. No me gustaba esa palabra
-¿Y tú qué, Bast? ¿Eres ahora el caballero de brillante armadura, protector de herejes que bailan desnuda al son de diablo y que comen niños?- dijo imitando torpemente la voz monstruosa de lo que, antaño, sería un miembro de la inquisición y cazador de brujas
-No lo soy- dije sin más, restándole importancia a su comentario -Pero sí que creo que son comentarios desafortunados, al igual que si ellas se refirieran a nosotros de la misma forma despectiva y desagradable- negué con la cabeza -No es la esencia de la magia. Ni es la mejor naturaleza para mantener la paz que hay ahora entre nosotros-
-Deberías dejar de estudiar tanto los apuntes del maestro Brook. Se te está yendo la cabeza, colega- se mofó Luca
-No...- musité cabizbajo para mí mismo -No es a mí a quien se le está yendo la cabeza-
El portal nos engulló como una tormenta que se cierne sobre un pequeño pueblo a las orillas del mar. Atravesamos la oscuridad insondable del umbral hasta que, con un simple pestañeo, allí estabamos. Ante nosotros se dibujaba una lúgubre llanura de cesped rodeada por un bosque brumoso en el que apenas se podía discernir la copa de los árboles. De vez en cuando alguna piedra o montículo de las mismas adornaba el descampado, además de la disposición de un vasto número de pequeñas hogueras aún apagadas coronadas por una central, alta y enorme como los propios árboles que circudaban el lugar -Y aquí estamos- Luca se crujió los nudillos -¿Qué clase de episodio siniestro nos depara la noche? Más en el próximo episodio de... las descendientes de Salem- volvió a imitar de forma ridícula un tono fantasmal.
De entre la bruma, momentos después, emergió una figura. Vestida con un traje blanco de tela fina hasta el punto de que casi parecía tener transparencias, una bruja de cabellos rubios y ojos pintados con sombra negra de forma un poco tosca se dirigió hacia el grupo, encabezado entonces por Nikolai y los maestros. Caminaba de forma resuelta, despreocupada y casi danzarina. Sus pies descalzos parecían deslizarse sobre la hierba grisacea engullida por la bruma. Llevaba una corona de laureles, o eso parecía, en su cabello. Adornado además con flores rosas y lilas -Capas- dijo Nikolai. Todos conjuramos nuestro atuendo y apareció sobre nosotros, rodeándonos de forma individual, unas capas verdes con capucha que cubría nuestro rostro y vestimenta. La bruja llegó justo a tiempo para que todos estuvieramos ataviados de forma precisa -Hermosa Jannis- sonrió Nikolai. Le tomó la mano y trató de darle un caballeroso beso pero ella la apartó antes de tiempo. Lo miraba como quien ve un fantasma
-No, aún no. Aún no puedes tocarme, ni yo a vosotros- comentó casi en susurros, con voz embriagadora. La hacía más atractiva esa forma de hablar, más de lo que ya era físicamente. Parecía una musa de la antigua grecia más que una bruja. Si los cazadores de la fe mundana la hubiesen visto en esos instantes, no habría hombre que hubiese osado meter a semejante dama en la hoguera
-¿Y tus hermanas?- preguntó Joseph mirándola de arriba abajo con descaro -Llegan tarde-
-Llegarán cuando deban llegar- musitó la bruja mirándole de reojo. Se llevó un dedo a los labios y se acarició. Se sintió una ligera vibración en el ambiente y provenía del maestro Joseph, claramente
-Propongo que nos dispongamos en las hogueras y aguardemos- apuntó el maestro Arthur, atrayendo la mirada de la tal Jannis, la mensajera
-Puede que sea la mejor solución- comentó con sonrisa encantadora -Aunque creo que esta noche del Gran Fuego se hará difícil esperar...- se mordió los labios mirando a Arthur y se dio media vuelta, caminando hacia la penumbra y las hogueras apagadas. Volvía a moverse con contoneos y medios saltos como si danzara al son de una música que, al menos yo, era incapaz de oír. Reinaba el silencio sólo quebrado por un ulular oportuno de un buho condescendiente dedicado a su propia cacería y el viento fantasmagórico que a ratos acompañaba con suaves brisas de entre los árboles. Al menos, la presencia de las chicas se hacía sentir, cada vez más y más cerca -Ya vienen- sonrió Jannis cerrando los ojos y abriéndose de brazos como si esperara un abrazo de alguien o algo -Pronto comenzarán a llegar- los hechiceros nos fuimos separando en pequeños grupos rodeando las hogueras apagadas en completo silencio. Yo estaba junto a Luca y algunos más aguardando la llegada de las brujas, que por igual, se separarían en grupo y se irían uniendo a nosotros para encender los fuegos sacramentales. Desde mi posición, sin embargo, alcanzaba a ver a los maestros entorno a la gran hoguera, la enorme y destacable, la llamada Gran Fuego de Halloween que permitía nuestra comunión mágica y realimentación de nuestras energías y fuerzas vitales entre hechiceros y brujas, hermanos lejanos unidos más que nunca. Pero más que el tamaño de la hoguera, más que el silencio y las vibraciones ambientales de la próxima llegada de las brujas como Jannis, era que Arthur estaba visiblemente inquieto. Miraba a varias direcciones con discreción, incluyendo el cielo y la tierra ¿Qué estaría sintiendo? No eran las brujas, eso estaba claro, pues llegarían en breve. Yo no sentía nada, ni Luca. Los demás tampoco parecían molestos. Supuse que sería algo que escapaba a mi entendimiento y decidí dejarlo de lado hasta que llegase el momento en que pudiera preguntarle. Apenas empezaba una de las noches más importantes del año.
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