Bonnie
Los pies descalzos se hundían bajo la humedad de la hierba, repleta de hojarasca, tierra y pequeños seres vivos que campaban a sus anchas. Para ellos, aquella noche eramos nosotras las intrusas.
Sosteniendo una antorcha en una mano y un frasco lleno de pétalos de dalia frescos, cerré los ojos con la intención de llevar a cabo con total concentración aquel ejercicio. Sin embargo, la cabeza me daba vueltas. La concentración se veía quebrada y rota cuando rememoraba los sucesos de hacía exactamente un año. Si me dejaba llevar, podía verme a mi misma de rodillas en el suelo, con manos temblorosas, observando el cuerpo sin vida de aquel hechicero cuyo nombre jamás olvidaríamos las de nuestra generación. Leah lloraba desconsolada y asustada, mientras yo, era incapaz de controlar mis propias emociones. No sabía como ayudarla a ella, ni tampoco a mi misma. Abrí los ojos para alejar aquellos pensamientos una vez más, siendo consciente de que, después de un año, quizás aun no había conseguido aprender a hacerlo.
— Sentid la tierra entre los dedos de vuestros pies, el viento colarse entre los árboles. Sus ramas se agitan y sus hojas os relatan historias al oído — Relataba Selene, la profesora más joven de todo el aquelarre. Sus cabellos rubios, adornado con una corona de flores silvestres, danzaban al rededor de sus hombros cortos y enjutos. Sus piernas delgadas temblaban a cada pisada sobre la tierra. Estaba especialmente emocionada por aquella celebración, de eso hacía días que nos habíamos percatado todas. Si bien Selene era una mujer tranquila y sosegada, había pasado toda la semana envuelta en nervios y ansiedad, sermoneando a las aprendices y limpiando la residencia. La razón de su felicidad era incierta para todas, aunque algunos rumores afirmaban que podía deberse a el irrefrenable deseo de intimar con un hechicero. —Historias sobre la mortalidad y la noche oscura. La magia emergente en comunión con aquello que os rodea... —
—Es posible que con ese discurso espante a nuestros invitados — Marie, otra de nuestras profesoras, caminaba a mi lado con su propia antorcha en la mano. Aquella noche se encontraba increíblemente preciosa, con sus cabellos negros recogidos en la parte más alta de su cabeza. De todas las profesoras, Marie era la más cercana. — No los culparía. Cuando se pone así, a mi también me entran ganas de irme— aseguró entre murmullos.
—Selene expresa todo cuanto sentimos — expliqué —Marcas las diferencias entre los hechiceros y nosotras no nos hará daño.
—Hace daño a mis oídos— con aquel comentario, me vi obligada a soltar una risa que casi desestabiliza el paso que hasta ahora había llevado con gracia. —Algo te aflige— aseguró con tono serio en la voz —A ti y a todas. La energía no os rodea en esta velada. ¿Hay algo que deba saber?— preguntó con interés. Suspiré de forma desanimada. Marie no era tonta. Ninguna bruja de nuestro aquelarre era tonta y muchos menos aquellas quienes se encargaban de nuestro aprendizaje. Sabía perfectamente lo que nos ocurría. Sin embargo, supuse que obtener una confirmación clara y concisa aliviaría su carga de responsabilidad por nosotras.
—Hace un año de lo de... William. Tememos que algo así pueda volver a ocurrir, esta vez con nosotras.
—¿Tienes miedo de las represalias de los hechiceros?— preguntó con sorpresa.
—No son hermanitas de la caridad, precisamente.
—En ese caso, y si tenéis miedo...— Marie elevó la voz, haciendo callar a Selene. Todas las brujas la miraron, pero ninguna detuvo el paso —Debéis cuidaros y no cometer errores. Hemos hablado cientos de veces de sentimientos como el amor, el cariño y el deseo. De la curiosidad, de las ansias... William no hubiese muerto si una de nosotras no hubiese infringido una de las normas. Basta con que ninguna de nosotras vuelva a hacerlo para que no vuelva a ocurrir algo semejante— pronunció con seguridad — Y si alguno de nuestros queridos compañeros se atreviese a tomarse la libertad de vengar a su compañero fallecido... antes tendrá que enfrentarse a nosotras y lo que podemos hacer— sonrió con malicia. Algunas brujas sonrieron con tranquilidad al escuchar sus palabras. Selene, sin embargo, compuso un rostro triste al comprobar que su largo discurso había calado mucho menos en las chicas que las cortas palabras de Marie.
La música, los cánticos y el crepitar de las llamas comenzaron a oírse en mitad del silencio. Las sombras que pasaban junto a las hogueras se reflejaban entre los árboles. Una estampa siniestra, horrible, para cualquier simple humano. Mis hermanas y yo tomamos aire, y tras una leve indicación de cabeza de Selene, nos colocamos en fila de manera que, de una en una, fuimos acercándonos hacia el lugar en el que el fin del verano se celebraba. Sujetando la antorcha de forma firme, nos acercamos por turnos a la hoguera principal, en la que arrojamos las mismas para avivar el fuego, en señal de unión y deseos de comenzar la celebración. Posteriormente, los hechiceros se colocaron uno junto a los otros, y nosotras, nos colocamos frente a ellos. El orden estaba establecido, sin embargo, siempre había hechiceros y brujas que se las arreglaban para que les tocase situarse frente a alguien ya conocido. En mi caso, vi a Bastian y Luca dirigirme una mirada significativa. Me colé en el sitio de dos brujas a mi derecha sin llamar la atención, de manera que pude colocarme frente al primero. No contenta con ello, mi mirada se desvió en todas direcciones, pues había alguien a quien no veía.
— Buenas noches, hermana bruja — recitó Bastian, seguido de una risita bromista de Luca.
— Buenas noches, compañero de Seimei — dije, de la misma forma que saludaba todos los años al hechicero que tenía frente a mi. Extendí las manos, ofreciéndole el frasco de pétalos de dalia —Una ofrenda de bienvenida y acogimiento. Las dalias expresan gratitud — Bastian tomó el frasco con las manos y agachó la cabeza en señal de agradecimiento. Sus ojos expresaron la misma sorpresa de todos los años, al admirar como en el interior de un frasco de cristal sellado, los pétalos no se secaban.
—¿Donde está Leah?— preguntó el chico con rapidez. Yo ladeé el rostro, y al hacerlo, algunas trenzas oscuras se desprendieron del descuidado recogido.
—No... va a participar en la bienvenida. Se unirá más tarde, sin llamar la atención. Ya sabes — expliqué. Por un momento me la imaginé, metida en la cama y con la almohada colocada sobre su cabeza. Como si así pudiese escapar del mundo.
— Pensé que no estaría en toda la noche — añadió Luca, ignorando a la bruja que tenía en frente y aun le ofrecía su frasco de flores.
—No ha hecho nada. Fue un accidente. Ella no sabía que... — De repente, detecté que nos miraba demasiada gente. Todos estaban deseando escuchar la historia ¿Y de quien mejor que de la mano de la mejor amiga de la asesina? —Lo hablaremos más tarde. Con ella — susurré. Volví a dirigir una mirada inquieta a los hechiceros. —¿Y Connor?— Bastian movió la cabeza hacia la derecha y después dirigió su mirada hacia él. Recorrí el camino que él dibujo hasta hallarle. El hechicero de pelo corto castaño, seguía luciendo un remolino de cabellos en su flequillo. Su cuerpo delgado y larguirucho hubiese destacado entre los demás, de no ser porque los demás... eran demasiado llamativos.
Nathaniel Rayley y sus lameculos.
—¿Qué hace Connor con ellos?— pregunté bastante ofendida.
— Él... no llevó demasiado bien lo de William— respondió Luca
— ¿Y que tiene que ver eso con Nathaniel? ¿Se ha vuelto loco? — La bruja que había a mi lado me dio un codazo de advertencia. Selene estaba dando otro de sus discursos y me había mirado con desaprobación.
Chisté con rabia. Miré a Selene pero me decidí a no oírla, pues de vez en cuando miraba a Connor con incredulidad. ¿Como era posible que fuese amigo de ese grupo de malnacidos? Connor... era mi mejor amigo.
—¿No está prohibido?— pregunté, tomando el cigarro.
—Que os lo hagáis vosotras, sin supervisión y consentimiento, sí. Sabe la oscuridad que diantres podríais llegar a hacer las menos maduras— explicó, por fin, mirándome a los ojos.
—Pero... pueden desinhibir. ¿No sería... contraproducente para mi?
—Una sola prueba no hará que te desvíes, solo que te tranquilices— explicó.
— Pero es droga— insistí. Joanne acabó poniendo los ojos en blanco, exasperada.
— Es hierba. Una hierba más de entre las cientos que manipulamos a diario. Leah, por lo que más quieras...
—Está bien, está bien— di una pequeña calada a aquel papel que envolvía la droga y se lo devolví. Joanne estaba demasiado tensa como para impacientarla. Pronto, sentí como el humo descendía hasta mis pulmones y una tranquilidad ligera me envolvía.
— Ahora ve.
Me incorporé a la fiesta con un poco de seguridad, quizá por los efectos de la droga. Caminé tranquila en dirección a Bonnie nada más visualizarla entre la multitud. Ella se giró de forma casual, de manera que se sorprendió al verme. Tras ella, estaban Luca y Bastian. Me sentí sobrecogida al compartir una mirada con ellos, pero aquello no consiguió que detuviese el paso. Había estado un año pensando. Todo un año planeando la mejor manera de explicarles a los demás lo que había sucedido sin llegar a perder la amistad con ellos. Disculparme por no haber podido explicarles aquella misma noche lo que ocurrió antes de que cada uno volviese a su propia residencia, intentar que empatizasen conmigo, explicarles la naturaleza de mi habilidad...
De pronto, un sin fin de miradas se clavaron en mi. Sudé, temblé. No era lo suficientemente fuerte como para afrontar aquello. No pude hacerlo.
Sin querer, acabé huyendo. Corrí hacia los bosques obviando los castigos y las llamadas de mis hermanas. Una vez más... no pude oír nada.
Nathaniel Rayley y sus lameculos.
—¿Qué hace Connor con ellos?— pregunté bastante ofendida.
— Él... no llevó demasiado bien lo de William— respondió Luca
— ¿Y que tiene que ver eso con Nathaniel? ¿Se ha vuelto loco? — La bruja que había a mi lado me dio un codazo de advertencia. Selene estaba dando otro de sus discursos y me había mirado con desaprobación.
Chisté con rabia. Miré a Selene pero me decidí a no oírla, pues de vez en cuando miraba a Connor con incredulidad. ¿Como era posible que fuese amigo de ese grupo de malnacidos? Connor... era mi mejor amigo.
Leah
Las manos me temblaban. Un sudor frío me recorría la frente y espalda. Los recuerdos me acechaban como una cruel llamada de la muerte. Aunque la muerte, irónicamente, era yo.
Debía ser la única de mis hermanas que se permitió el lujo de andar con zapatos en mitad del bosque. Era demasiado estúpido presentarse a aquellas alturas, un par de horas después de la ceremonia de bienvenida, portando la magia y el misticismo que todas habían mostrado, cuando el principal objetivo de mi llegada tardía era no llamar la atención.
Vestía un vestido blanco, como todas las demás. Sin embargo, no me había cuidado tanto el peinado y llevaba el tocado de flores mal puesto. Las botas negras que lucían eran aquellas que usaba a diario. Y por supuesto, no lucía ni pulseras, ni collares ni anillos. No lo había pensado. No lo deseaba. Mi único deseo era que aquella noche terminase pronto.
—Relájate. Tu tensión puede olerse desde lejos — Joanne caminaba a paso tranquilo a través del bosque. La profesora designada para acompañarme hacia la fiesta tampoco andaba descalza. —Cabeza alta, hombros hacia atrás. Que no te vean dudar —
—¿Dudar?— reí con disgusto. Algo en mi interior se contrajo hasta el dolor —Estarán mirándome sin pestañear. Buscarán cualquier cosa, cualquier gesto, que me haga culpable de lo que ellos quieran— me defendí.
—El aquelarre ya comunicó lo sucedido. El Círculo de Seimei está de acuerdo con los antecedentes. No hay más que juzgar.— explicó con severidad.
—¿Y por qué no lo dejamos para el año que viene? ¿Por qué no me dejáis ir a la ciudad más cercana? Tiene que estar llena de gente de mi edad pidiendo caramelos y pasándolo bien. No llamaría la atención— bufé.
—Porque eres una bruja. Te debes a tu aquelarre y a tus hermanas. La Noche de las Brujas debe ser festejada por todas y cada una de nosotras. Celebrar y acoger tu habilidad es toco cuanto se requiere de ti— Joanne frunció el ceño mientras caminaba, pero apenas me dirigió la mirada. Sus ojos esmeralda brillaban en mitad de toda aquel maquillaje oscuro, a conjunto con sus largos cabellos lisos del color del ébano. Una mujer demasiado hermosa, sobretodo para tener setenta años. O eso decían.
—Van a ir a por mi.
—Pues defiéndete.
Caminar con paso firme hacia el lugar de siempre fue algo casi imposible. Recordaba cada árbol, cada raíz, cada piedra y cada arbusto que me rodeaban conforme nos acercábamos. Fue una noche tan horrible que los recuerdos se quedaron unidos a mi mente como si hubiesen sido forjados bajo una llama candente. Un par de veces, sentí la necesidad de parar, de huir o quizás llorar y suplicar. Sin embargo, la mirada fría y madura de Joanne me lo impedían. ¿De que seria capaz de la contrariaba? No quería saberlo. Corrían rumores sobre su forma de disciplinar usando la magia que deseaba no descubrir. — Cuando lleguemos, camina con tranquilidad. Únete a una compañera y conversa como si nada ocurriese ¿Queda claro?— preguntó. Yo asentí —Si te pregunta, di la verdad. No dudes— asentí nuevamente —Y si un hechicero se atreve a insultarte a ti o a nuestro aquelarre, házmelo saber.
—Como quieras— suspiré. Oí la música, el jolgorio. Tuve que disminuir el paso.
Joanne sacó algo de su bolsillo. Un pequeño papel. Con solo mirarlo, el papel envuelto prendió. Lo llevó a sus labios y dio una profunda calada. El olor fuerte de aquello que fumaba me llegó a la nariz con rapidez.
— Toma. Una calada. No más— ofreció la profesora. Yo fruncí el ceño, extrañada de que sugiriese a una aprendiz a su cargo fumar. A juzgar por el olor, sabía que hierbas contenía aquel cigarro casero. Yo misma las había probado en secreto para calmar la ansiedad. Sin embargo, aquel gesto fue sumamente extraño.—¿No está prohibido?— pregunté, tomando el cigarro.
—Que os lo hagáis vosotras, sin supervisión y consentimiento, sí. Sabe la oscuridad que diantres podríais llegar a hacer las menos maduras— explicó, por fin, mirándome a los ojos.
—Pero... pueden desinhibir. ¿No sería... contraproducente para mi?
—Una sola prueba no hará que te desvíes, solo que te tranquilices— explicó.
— Pero es droga— insistí. Joanne acabó poniendo los ojos en blanco, exasperada.
— Es hierba. Una hierba más de entre las cientos que manipulamos a diario. Leah, por lo que más quieras...
—Está bien, está bien— di una pequeña calada a aquel papel que envolvía la droga y se lo devolví. Joanne estaba demasiado tensa como para impacientarla. Pronto, sentí como el humo descendía hasta mis pulmones y una tranquilidad ligera me envolvía.
— Ahora ve.
Me incorporé a la fiesta con un poco de seguridad, quizá por los efectos de la droga. Caminé tranquila en dirección a Bonnie nada más visualizarla entre la multitud. Ella se giró de forma casual, de manera que se sorprendió al verme. Tras ella, estaban Luca y Bastian. Me sentí sobrecogida al compartir una mirada con ellos, pero aquello no consiguió que detuviese el paso. Había estado un año pensando. Todo un año planeando la mejor manera de explicarles a los demás lo que había sucedido sin llegar a perder la amistad con ellos. Disculparme por no haber podido explicarles aquella misma noche lo que ocurrió antes de que cada uno volviese a su propia residencia, intentar que empatizasen conmigo, explicarles la naturaleza de mi habilidad...
De pronto, un sin fin de miradas se clavaron en mi. Sudé, temblé. No era lo suficientemente fuerte como para afrontar aquello. No pude hacerlo.
Sin querer, acabé huyendo. Corrí hacia los bosques obviando los castigos y las llamadas de mis hermanas. Una vez más... no pude oír nada.
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