lunes, 17 de septiembre de 2018

Leah

Conforme caminábamos de vuelta al festejo, empezaba a imaginarme haciendo las maletas y marchándome del aquelarre antes de tiempo. La edad en la que se consideraba a las aprendizas capaces de tomar el propio rumbo de su vida sin recibir mas restricciones, eran los veinte años. Yo iba a despedirme de todo ello a los diecisiete, con la cara repleta de vergüenza y un expediente lleno de sanciones. ¿Qué iba a decirle a mis padres cuando regresara a casa? ¿Con que cara iba a conocer a mis progenitores, los cuales me entregaron al aquelarre a los cuatro años con esperanzas de que me convirtiese en una bruja experta? 

Bastian y yo cargábamos como podíamos a aquel hombre que parecía haber vuelto de entre los muertos. Su peso era demasiado para nosotros dos, de manera que andábamos por el bosque a tropezones, incapaces de seguir los pasos de forma recta y encontrándonos al borde de una caída por un par de veces. Por su fuera poco, el hombre apestaba. No olía a sudor, a alcohol o a perfume barato. Olía a muerto, a pútrido. Una mezcla de estiércol y humedad incapaz de ser asimilada durante mucho más tiempo por mi nariz. 

Se me escapó una arcada y el cuerpo del hombre se me resbaló del brazo, de forma que Bastian tuvo que hacer un sobre esfuerzo para impedir que cayese. —Lo siento, lo siento, lo siento — me disculpé, volviendo a pasar el brazo de aquel zombie por detrás de mi cuello. —Es que huele demasiado mal.
— Huele casi igual que las habitaciones del grupo de hechiceros de quince años en pleno verano — explicó Luca.
— Puaj — A Bonnie se le escapó otra arcada. — ¿De donde diantres habrá salido este tío?
— No es nuestro terreno. Sois vosotras las encargadas de estas tierras — replicó Luca.
— ¿Y que tiene que ver? Este tipo tiene mas pinta de hechicero que de otra cosa. ¡Hizo magia! ¿Seguro que no se trata de uno de vuestros profesores? ¿Alguno que sea un poco despistado y se haya caído al hoyo?
— Ni de coña. No tenemos tan mal gusto vistiendo — Luca señaló con el dedo a los harapos que el hombre vestía. Les eché un vistazo como pude. La ropa estaba destrozada y raída; amarillenta y llena de polvo. No parecía ropa común, pero tampoco estaba segura de poder afirmarlo con rotundidad. El hedor no me estaba dejando pensar muy bien.
— ¿Nos castigarán más por llevarlo o por dejarle aquí?— pregunté repentinamente. En segundos, la mirada de todos se clavó en mi. Parecía que estuviesen esperando que hablase durante horas, como si por fin hubiese roto el huelo.
— No creo que sea malo que le llevemos con los demás. Está... casi inconsciente. No recordará nada en caso de que los profesores prefieran deshacerse de él — explicó Bonnie. Era una chica demasiado inteligente, de forma que cualquier afirmación suya conseguía calmarme.
— Eso no resta que recibiremos todos un castigo por habernos escapado... — Bastian parecía mucho más inseguro. Tenía la voz apagada y sus ojos lucían cansados. Quizá la magia defensiva que había invocado había sido demasiado para él.
—¿Por qué vinisteis? — pregunté con una mezcla entre curiosidad y miedo. El silencio se estableció por completo entre nosotros, únicamente roto por los murmullos del hombre que cargaba, quien parecía querer volver a recobrar su propia conciencia, pero no podía. Luca, Bonnie y Bastian se miraron entre ellos, como si buscasen una respuesta común.
— Vinimos a por ti. Te vimos huir y después observamos como Nathaniel y los suyos te siguieron. Sabíamos que iban a por ti— explicó Bastian. De repente, algunas piezas ne mi mente empezaron a encajar.
— ¿A por mi? ¿Entonces...?
— ¿Qué te hicieron? — preguntó Bonnie.
— Nada, directamente. Pero... Vi... Creí ver a alguien — Por un momento había olvidado el encontronazo con William. Había sido lo suficiente traumático como para olvidarlo, pero dar de bruces con un cadáver viviente lo superaba todo. —Creí ver a William.
— Hijo de puta — gruñó Luca.
— ¿Fue él?
— Claro que fue él. Es una de sus especialidades. En otra circunstancias es imposible encontrarte con un muerto en mitad del bosque — Luca calló de repente. Echó una mirada al hombre que cargábamos y rectificó — Bueno, ya me entiendes.

Las palabras del chico me sentaron como un vaso de agua fría sobre la cabeza. Con Bonnie ya me había explicado suficiente, pero no con Bastian y Luca. Por el silencio que continuó, intuí que esperaban alguna clase de respuesta por mi parte, aunque fuese un asentimiento. Decidí tomar aire. Era el momento de explicarme.
— Yo... no le asesiné—
— Lo sabemos, Leah. Te conocemos — explicó Bastian.
— Pero os debo una explicación. Todo ocurrió muy deprisa. En cuanto me di cuenta de lo que había hecho... llamé a los profesores y ellos dieron por finalizada la fiesta. Os llevaron de nuevo a vuestra residencia y yo... no pude deciros lo que paso.
—Ni si quiera es necesario. Los profesores ya lo han explicado. Para clamar la ira y esas cosas que Nathaniel parece no entender — afirmó Luca mientras lanzaba una mirada cómplice a su compañero, como si buscase que sus palabras fuesen respaldadas.
— Aun así... Quiero contar mi versión — insistí. Pero entonces, el hombre pareció espabilarse. Alzó la vista con ojos totalmente perdidos. Pisó el suelo con sus pies descalzos, apoyándose y frenándonos.
— ¿Donde estoy?... ¿Qué hacéis conmigo?
— Me temo que tu explicación va a llegar en otro momento. El tío esta despierto — Tras las palabras de Luca, detuve el paso, agotada.
— Esto ha sido culpa mía — afirmé. Miré la arboleda que continuaba frente a nuestras narices. No quedaba demasiado para llegar al lugar del festejo, pues una enorme columna de humo se alzaba por encima de la copa de los árboles, indicándonos el camino. — Dejadme a mi... yo lo voy a explicar.

Morgan

Primero vi el fuego. Una gran cantidad de llamas, todo un mar de ellas. A través de sus muros de tonos amarillos, naranjas y rojiceos, había figuras. Figuras oscuras, tenues. Siluetas sin color definido pero definitivamente eran personas. Dichoso, me decía a mí mismo. Había olvidado casi por completo cómo lucía una persona, su forma, los movimientos. Tampoco recordaba la voz de un ser humano, ni la clase de sensación que provocaba la empatía con otro alma. Sí recordaba, sin embargo, el viento. El viento que me soplaba al oído como suaves y sensuales jadeos de una amante anhelante de una caricia, o de cualquier otro deseo ¿O era eso, precisamente, una voz? Sí... A veces, parecía que alguien me hablaba. A veces, parecía que estaba acompañado, lejos de la oscuridad, donde aún podía alcanzrme un resquicio de esperanza. Justo cuando dejé de oír el viento, fue cuando oí el estruendo.

Alcé la mirada para contemplar la estancia, si es que se podía llamar así, en que me encontraba. Había alguien. Un agujero en el techo permitía que pequeños halos de luz natural se filtraran. Parecían haces azulados, hermosos, hechizantes. Y bajo esa pequeña luz tímida y diminuta, una forma sugerente. Cabellos largos, ojos claros, un contorno atrapante. Era una diosa. Una diosa terrenal que hacía que nosotros, simples mortales en los que me incluía junto a mis congéneres, no nos merecieramos para nada pisar la misma tierra que ella -No puede ser verdad- dijo ¿El qué? Quise saber yo -Esto no me gusta...- volvió a mascullar, pero se acercó con pasos tímidos, tentada. ¿Qué? ¿Qué era lo que no podía ser verdad? Deseé ayudarla, escucharla. Era el primer ente que se presentaba ante mí desde que dejé de contar el paso del tiempo; desde que olvidé lo que era el tiempo. Miraba aterrada algo a mis pies y decidí seguir su mirada con la mía ¡Dios! Cuando lo vi, tumbado casi sobre mis pies, me pregunté cómo demonios nunca había sido capaz de identificar que... mi cuerpo... yacía muerto a mis pies, en el suelo ¿¡Cómo era posible!? ¡Era una total y absoluta locura! Quise gritar, gritar hasta desgañitarme. Arrancarme los pulmones de una sola voz que arrojara todo mi miedo y pesar, mi angustia, hacia el exterior. Que esa mujer tan bella como los ángeles me ayudara... pero los muertos no gritan.

Bastian

-Nos estamos alejando mucho- comentó con un deje de preocupación Luca, mientras miraba atrás a casi cada paso que daba. A esas alturas, ya deberían percibir nuestra ausencia en los ritos. Claro, eso sin contar que los imbéciles de Rayley no nos hubiesen delatado ya ante los maestros. Tan sólo con valorar esa posibilidad, me negaba en absoluto a regresar. Si me iban a castigar que fuera por una buena razón. Por haber ayudado a Leah. Lo necesitaba -Bast ¿Me oyes?- insistió
-Luca- le miré con ojos suplicantes -Para ya, por favor te lo pido ¿Tan complicado es de entender que hagamos lo que hagamos ya es inevitable? No vamos a solucionar nada regresando- chasqueé la lengua. No quería discutir con mi mejor amigo.
-Pero...- Bonnie se agregó a la conversación -Luca no se equivoca, Bastian. No conocemos del todo estos bosques. Quizá nuestras maestras, pero las aprendizas no. Con esto quiero recalcar que si nos perdemos no sabré regresar- se enredaba los dedos nerviosa
-Pues habla con el bosque y que te guíe- mascullé. Sabía que ellas, las brujas, tenían una conexión especial con lo terrenal.
-No es tan fácil. Algo así me llevaría minutos u horas. Estoy algo nerviosa- agregó
-Ya la has oido Bast. Será mejor que volvamos- Luca se puso junto a Bonnie y casi la rodeó con un brazo. Me fijé, por supuesto. Quizá lo hizo llevado por cierta preocupación, pero la razón principal fueron las hormonas. Luca apestaba a lujuria desde mi posición. Sabía que en su retorcida mente fantaseaba con que realmente él y ella se perdieran en el bosque y esas historias sobre las brujas fueran ciertas: que alcanzaban el pináculo de su poder mediante un sexo profano y sepulcral. Pobre iluso. Iluso y salido.
-No voy a ninguna parte- concluí, severo -Idos vosotros si queréis. No tenéis por qué acompañarme. No me debéis nada- traté de decirlo con la voz más amable que era capaz de entonar. No pretendía despreciar su compañía
-Leah también es nuestra amiga. Bast. Nos importa como a ti- Bonnie suspiró
-Entonces dejad de quejaros ¡Venga! Quizá se sigue alejando de nosotros- apresuré entonces reanudando la marcha.

Ambos me siguieron durante largos minutos más. A cada paso contaba un nuevo castigo en mi mente. Arthur me volvería la cara al verme por los pasillos del Círculo, Joseph nos ataría el alma al mar para que nos ahogásemos si salíamos del refugio, Eric el Loco haría cálculos sobre cómo abrirnos en canal y explorar nuestro interior sin matarnos y Norman simplemente nos mandaría a entonar el reglamento de la orden de hechiceros hasta que se nos cayese la lengua. En cuanto al Gran Maestro Nikolai, seguramente, nos mandaría al Crucis. No se alejaba demasiado a como murió aquel a quien en su día consideraron un mesías cuando realmente era otro más de los hechiceros. La diferencia es que en lugar de clavarnos en una talla de madera con clavos y lanzadas, usaría nuestra propia columna vertebral y brazos como "cruz" de soporte para nuestros cuerpos desgarrados y sanguinolientos. Temblé como un terremoto sólo de imaginarlo y seguramente Luca también lo pensaba cada corto tiempo. Así de estrictas eran las doctrinas de hechicería en el Círculo... pero se trataba de Leah
-¿Habéis oído eso?- preguntó de pronto Bonnie, deteniendo el avance
-¿Qué has oído?- pregunté, interesado. Ella escuchaba más de lo que Luca y yo podíamos oír en un bosque. Las hijas de Salem siempre estaban más arraigadas, como mencioné, a la tierra. Los hechiceros manteníamos un profundo lazo con el Otro Lado en su lugar y a otros elementos más... metafísicos
-Un grito. Era Leah- se alertó -¡Es Leah!-
-¿¡Hacia dónde!?- la aferré por los hombros -¡Bonnie!- reclamé
-¡Allí!- señaló y en seguida emprendimos el camino a toda velocidad.

Morgan

La chica gritó y cayó al suelo de espaldas debido a la impresión. Debí suponer en ese entonces que ver a un muerto abrir los ojos y levantarse no era cosa común ni en su mundo ni en ningún otro. Realmente no sé cómo sucedió.

Apenas ella había dado un par de pasos hacia mi cuerpo, dejé de verme a mí mismo desde fuera. Sentí un enorme pesar en los párpados, un sueño profundo que sólo me pedía dormir y dormir. No obstante, quería verla. Quería ver a esa mujer tan hermosa más de cerca. Así que me esforcé. Abrí los ojos entonces y... ella gritó. Estaba tendido boca arriba y la miré desde el suelo. Me dolían los huesos y cada músculo hasta niveles insospechados que jamás imaginé que se pudieran sentir. Recordé brevemente las escrituras y quizá, sólo tal vez, aquel era la clase de dolor que Dios daba a aquellos que pecaban y obraban contra el divino mandato... ¿Pero por qué? -Aaah...- llegué a decir, balbuciendo, luchando por sentarme aunque fuese contra la fría y húmeda pared -Aaah...-
-Esto no puede estar pasando, de verdad que no- la chica se llevó una mano a la frente, como si tuviese fiebre -Lo... lo que fumé. Maldita sea...-
-Aaah... Agua...- suplicó mi garganta malograda. De repente, aquella mujer que había ante mí no era aquella figura angelical que me encandiló. Era apenas una muchacha ¿Quién era ella? ¿..Y yo? ¿Quién era yo?
-¿Qué...?- preguntó, temblorosa
-Agua... Yo...- tosí violentamente. Me revolví en el suelo como un gusano que estaba a punto de morir. Me dolía todo a la más mínima sacudida. Dios, Padre y Espíritu ¡Cuanta angustia!
-¿Que demonios pasa aquí...?- la escuché preguntarse con voz temblorosa y quebrada
-¡Leah!- oí, de pronto. Alguien más parecía haber llegado.

Bastian

La encontré. La encontramos. Por fin dimos con ella -¡Leah!- llamé desde arriba, aferrado al borde del abismo por el que cayó -¿¡Estás ahí!?- pregunté con energía
-¡Estoy aquí!- contestó a toda prisa, como si estuviese aterrorizada
-Vamos a sacarte de ahí, aguanta- añadió Bonnie -Aguarda un momento para que... ¿¡Qué haces!?- me vio saltar de improvisto, cayendo junto a la chica. Me di un buen golpe y me calambrearon las piernas, pero al menos así ella no estaría sola
-Aquí estoy ¡Ya estoy! Ufff...- me quejé acariciándome las piernas -¿Estás bien?- le puse una mano en el hombro, pero me fijé en que no me miraba, sino al frente, con cierto pánico. Me embriagó el hedor de un cadáver desde que bajé. Decidí seguir a su mirada. Allí estaba ese hombre, retorciéndose como una pesadilla -¿¡Qué coño!?-
-¿¡Qué pasa ahí abajo!?- preguntó Luca mientras Bonnie se daba prisa en convocar a las raices de los árboles que, lentamente, se enredaban formando una suerte de escalera natural hacia nuestra posición atravesando el agujero en el suelo
-Qué es lo que no pasa- me dije a mí mismo en baja voz. Al cabo de un instante, el hombre dejó de moverse
-E-estaba muerto. Huele a muerto. Este lugar...- Leah estaba nerviosa y empezaba a comprenderla
-Este lugar no huele a muerte Leah- reflexioné -Huele a fría, lúgubre y húmeda oscuridad- en cuanto acabé la frase, el hombre se puso en pie como si fuese un muñeco de trapo. Literalmente se agitó en el aire hasta quedar erguido como una sábana movida por el viento. Supe que había algo más. Una fuerza invisible movía los hilos
-Hechicero...- susurró -¡Hechicero!- repitió, pero esta vez con rabia desbocada. Percibí el ataque justo a tiempo. El lugar se llenó de fuego. Prendió como si estuviese inundado de aceite. Magia ¿Pero él...? Daba igual, no había tiempo para pensar. Eregí ante Leah y yo un escudo psíquico, como una pompa de cristal en nuestro alrededor. Las llamas así no nos alcanzaron, pero el calor era otra cosa
-¡Bast, Leah!- clamó Luca
-¡Ni se os ocurra bajar!- ordené, manteniendo la concentración y las manos al frente mientras las llamas seguían viniendo como una tormenta huracanada. Apenas veía al tipo del que provenía el ataque
-¡Joder! ¡Haz algo Bonnie!- suplicaba Luca mientras la chica hacía lo que podía
-¡Leah!- pedí yo, mirándola -¡Lo que sea! ¡Algo!- entonces salió de su asombro, por fin. Al verse en peligro recobró la conciencia que ese pequeño y sorprendente encuentro con un muerto viviente le había causado y no tardó en llevar las manos al suelo. Respiró hondo para recomponerse y concentrarse. Las llamas comenzaron entonces a sofocarse ante una creciente humedad en el ambiente. De las profundidades de la tierra y la piedra de aquella especie de tumba en la que nos encontrábamos, surgían partículas de agua de todas partes que apagaban las llamas lentamente. El hechizo de fuego no era en absoluto tan poderoso como imaginé. El hombre pareció rendirse tras aquel débil intento de combate. No estaba a nuestro nivel.

Una vez apagado el fuego y fuera de peligro, derribé el escudo psíquico y Leah y yo observamos como aquel tipejo caía de bruces al suelo. Una fuerte oleada de viento recorrió el lugar en un instante y se filtró a través del agujero de entrada sobre nuestras cabezas -¿Qué ha sido eso?- pregunté extrañado
-¿Qué es él?- preguntó Leah, cambiando la dirección de la pregunta. Ambos miramos largamente al hombre que, de pronto, parecía haber caido inconsciente. Nos atacó con debilidad, pero nos atacó. Y lo hizo al grito de "hechicero". Sopesé las posibilidades... y ninguna me convencía en absoluto
-Me temo que no lo sé...- bufé -Pero no podemos dejarlo aquí sin más. Tiene poder... y uno muy extraño- ella asintió, convencida. Su expresión de desconcierto parecía haber desaparecido definitivamente -Debemos volver al Gran Fuego- dije mirándola -Y deberíamos llevarlo con nosotros. Los maestos deben de saber de esto- ella me miró entonces a los ojos por primera vez desde ese nuevo reencuentro. Supe al instante que era la idea más acertada, a la par que estúpida. Lo que no supe adivinar es que me arrepentiría el resto de mis días de aquella decisión.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Leah

Lo sabía.

Sabía que aquel día no iba a ser un buen día. Sabía que aquella noche no haría más que hacerme recordar de forma constante el peor momento de mi vida. Lo que jamás llegué a imaginar es que fuese capaz de revivirlo de forma tan clara.

No, aquel chico no podía ser William. Era imposible. Pero ¿Por qué le había visto? ¿Por que le había oído? Me froté el cuero cabelludo conforme andaba, sorteando raíces y arbustos secos. Por un momento, pensé en la calada que le había dado a las hierbas candentes de Joanne. ¿Había sido la responsable de que tuviese aquella alucinación? Era imposible. Ninguna hierba podía llegar a hacer ver algo que no existe con tanta perfección. Las brujas, desde pequeñas, aprendíamos los distintos tipos de hierbas y plantas que existían en nuestro medio, los usos y los remedios que podían hacerse con ellas e incluso los peligros que entrañaban. Nuestros ropajes olían a flores y nuestras manos a hierbas aromáticas. Conocía los efectos y aquel no era uno de ellos.

Las lágrimas se me escapaban de los ojos de forma descontrolada. Las manos me temblaban como poseídas por un espectro oscuro. Y los pies, seguían caminando sin cesar. No sabía muy bien hacia donde iba, pero suponía que simplemente huía. La simple idea de volver con los demás me aterraba ¿Como reaccionaría? ¿Les diría que había visto al espíritu de William y que me había culpado? ¿Gritaría como una loca para que me creyesen? Bufé solo de imaginarlo. 

Por un momento, una macaba idea me cruzó la mente: Si de verdad había visto a William, todo lo que me había dicho era lo que realmente él sentía. Había pensando muchas veces en qué fue lo último que pensó Will antes de que su corazón se detuviese, mientras me miraba con ojos brillantes y muy abiertos. Los días más optimistas me obligaba a pensar que simplemente, fue consciente de que algo no iba bien y dejó que su vida se apagase. Los peores días, que fueron muchos, imaginaba que pensó lo mucho que me odiaba. Que se quiso aferrar a la vida para vengarse o que se sintió enormemente traicionado. Por ello, quizá aquellas palabras... quizá aquella expresión... 

Cansada, acabé por sentarme sobre el suelo. Si bien hacia unos años, la idea de tener el trasero sobre la tierra húmeda me disgustaba, ahora me daba cierta paz. Supuse que las enseñanzas del aquelarre comenzaban a dar sus frutos, y que la comunión de mi ser con la naturaleza era más clara ahora que antes. Sentí la vida que se movía a mi al rededor. Los grillos estridulaban, los gusanos reptaban y las plantas tomaban el oxígeno del ambiente. Respiré hondo, lo más hondo que pude. Dejé de oír y sentir por unos segundos, lo que me ayudó a tranquilizarme. 

Tenía que hacer algo. Tenía que afrontar la realidad. La noche pasaría muy pronto si seguía dando vueltas por el bosque sin rumbo fijo. Lo único que conseguiría es que transcurriese un año más sin explicaciones. Bastian, Luca y Connor se marcharían una vez más y no habría tenido la oportunidad de explicarles lo que ocurrió aquella noche. Si en un año nuestra amistad posiblemente se había deteriorado, con el transcurso de uno más... de seguro iba a desaparecer.

Decidí respirar aire profundamente una vez más. Supuse que me vendría bien y lo tomaría como fin de aquella estúpida huida que no llevaba a ninguna parte. Sin embargo, al hacerlo, sentí algo. Como una vibración. Algo sumamente peculiar. Me puse en pie, alertada. Aquella noche algo no estaba yendo bien y no estaba dispuesta a seguir huyendo aterrada. Un frío punzante me atenazó la piel, poco común a finales de verano. Sin lugar a dudas, lo que empezó a inundar mi nariz fue algo demasiado extraño y poco mundano como para ignorarlo.

Caminé en círculos hasta que encontré la dirección de la que provenía aquella sensación tan oscura. Con pasos decididos, seguí el camino. Lo único que encontré fueron árboles y más árboles, únicamente iluminados por el brillo de la luna, sin el cual, sería casi imposible andar. Conforme avanzaba, aquellas vibraciones en los oídos empezaron a acentuarse, hasta que llegó un punto en el que sentí que los tímpanos iban a colapsar. Pero a mi al rededor no había nada. Miré en todas direcciones con las manos puestas sobre las orejas. Observé con detenimiento todo lo que me rodeaba, aunque solo fuese naturaleza. Intenté sentir algo nuevo, algo que no hubiese notado antes. Pero no había nada.

Al dar un paso hacia atrás, noté que el tacón de la bota pisó algo duro y robusto. Llevé una mano al suelo para comprobar que lo que estaba pisando no solo era hojarasca acumulada. Ahí había algo. Con la punza del pie, aparté las hojas y las ramas secas del suelo hasta que un pedazo de piedra cuadrada con dibujos en relieve se dejó ver. Me acuclillé junto al hallazgo, observando como los dibujos eran totalmente desconocidos para mi, abstractos. La forma de aquel pedazo de tierra de, aproximadamente, un metro, me recordaba a una antigua lápida de un cementerio abandonado. Pasé la yema de los dedos sobre la superficie, tratándola con mimo. Topé con un agarré en uno de los lados, lo que me hizo pensar que aquello no era una piedra cualquiera. Probé a tirar del agarré, y a pesar de que aquella piedra pesaba demasiado, sentí que algo cedía. Y de ahí, una esencia oscura emanó y me envolvió — Pero ¿Qué...?— Miré a mi al rededor. Estaba sola. Allí nadie, ni si quiera una profesora, iba a castigarme por curiosear. ¿Qué podría haber ahí abajo? Durante más de diez años, el aquelarre, oculto entre las montañas de Syber, se había mantenido tranquilo y pacifico. Jamás habíamos detectado una amenaza en los lugares colindantes. Si aquello que estuviese bajo la escotilla fuese algo malo, cualquier bruja ya lo habría detectado hacía años. Debía ser algo nuevo... algo que había surgido hacia poco tiempo. Me permití volver a tirar del agarre. Usé todas mis fuerzas para que la escotilla se moviese y, finalmente, cedió.

El olor a magia era tan intenso que casi me costaba respirar mientras observaba la oscuridad que se habría hueco a ras del suelo. Por un momento, la idea de regresar y explicar a las profesoras lo que había encontrado, me pareció buena opción. Pero seguramente me sermonearían por haberme escapado de la fiesta y no harían caso a mis palabras, las cuales tomarían como simples excusas para desviar la atención sobre mi castigo.

Volví a acuclillarme junto a la escotilla, intentando medir la distancia que habría entre la apertura y el subsuelo. Apenas se sentía con claridad, pero notaba el movimiento de los bichos bastante cerca. Quizá, cometí una locura al dar un salto y caer en el interior de lo que, a todas luces, parecía ser un sótano bastante pequeño. Frente a mí solo había paredes que a penas podía llegar a diferenciar. La atmósfera era asfixiante, por no hablar del mal olor y... —Oh, oh...— Ahí, justo frente a mis narices, había alguien. Y fuera quien fuera esa persona, estaba tendida sobre el suelo. Muerta.

—Esto no puede ser verdad—
Nathaniel

Tal y como esperaba, la verdad. No hubo ni un sólo ápice de cambio en lo que mi imaginación me llevó a recrear la escena que acababa de vivir. Estúpida, mocosa, niñata e inmadura. Así se mostraba, incapaz de afrontar lo que había hecho, incapaz de soportar el juicio de asesinato. Daba igual, iba a hacerlo. Tenía que hacerlo. Y si nadie la seguía, sería yo quien se ocuparía de ello -Esto sí que es un problema...- murmuró Connor a mi lado, siguiendo con la mirada la ruta que tomó la bruja para escapar al bosque
-No hay ninguna clase de problema- dije simplemente con serenidad
-Es una falta de respeto- se le oía preocupado -Van a castigarla-
-¿Y eso te importa, Reign?- le llamé por su apellido. Sabía que le intimidaba. Bajó la mirada al suelo sin saber qué más alegar -Su destino es, precisamente, ser castigada- sonreí -Voy a disfrutar con esto- me escabullí despacio entre mis hermanos y las sucias brujas que se dejaban llevar por el alboroto de la huida de la tal Leah, que parecía querer ser la protagonista de los acontecimientos un año más.

Al pasar entre el gentío haciendo gala de todo el disimulo y sigilo que era capaz de usar, me percaté de que los maestros y las maestras brujas estaban en pie de guerra contra las trifulcas -¡Basta, silencio!- clamaba Nikolai, alzando las manos -No toleraremos más distracciones. La joven debe tener, sin duda, una buena razón por la que apartarse de nosotros- aseveraba el Gran Maestro
-Y vosotras igual. Callaos, dejad de cuchichear y no os movais ni un centímetro. Encontraremos a Leah y la traeremos de vuelta ipso facto. Que nadie más perturbe los ritos de hoy ¿Está claro?- decía la rubia Jannis, mostrándose más severa que hacía un rato. Estaba claro que con ellos tan presentes poco podría hacer para pasar desapercibido, de manera que usé la magia. Me dibujé con el dedo un símbolo esotérico en la frente, aprendido hace años. Lentamente me fundí con el alrededor, me volví tan invisible como los sentimientos de las brujas. Así, todo era más sencillo. Iba a encontrar a Leah por mi cuenta... e iba a hacérselo pagar.

Bastian

-No sé por qué tenía la amarga sensación de que ocurriría algo así- las palabras de Bonnie eran claras pese a que hablaba en susurros
-¿Habéis tenido problemas?- preguntó Luca, interesado
-No... Quiero decir, sí, pero no esperaba que realmente llegara a escapar- suspiró -Leah no ha pasado el mejor año de su vida precisamente-
-Mató a William, no debe ser fácil llevar el peso del asesinato- Bonnie le disparó una mirada criminal a Luca
-No seas insensible- regañó
-Ni que me fuera a oír. Se ha pirado- se encogió de hombros y frunció los labios
-Deberíamos ir a buscarla- apunté tras un rato de silencio
-Deliras, tío- Luca me dio un codazo -Si tienes los huevos de irte tú también, apuesto lo que quieras a que Nikolai y los maestros te van a colgar del revés en uno de los puntos más altos del maldito mundo-  Bonnie nos miró con extrañeza, como si acabara de decir un disparate. Yo sabía que Luca hablaba en serio y, que además, tenía razón. Eran capaces de hacerlo, pues no sería la primera vez
-Debemos escondernos entonces- proseguí
-Bastian, que te matan- gruñó Luca, viendo que definitivamente yo estaba hablando en serio -Tienes una carrera prometedora por delante. Eres el ojito derecho de Arthur, todos lo sabemos. No la cagues ahora. Podrías ser un gran hechicero y los maestros no toleran errores como este-
-Se trata de Leah, Lu- le miré a los ojos -Ella no...- bufé -No debe pasar por esto. Yo sé que no fue intencionado-
-Yo también quiero creer que fue un accidente Bastian pero no es suficiente. Es lógico que se sienta así- comentó mi compañero mientras yo miraba a la dirección que Leah había tomado
-Bastian tiene razón. No es justo. Ella no es culpable, maldita sea- terció Bonnie
-¿Y qué hacemos entonces? Salgamos al galope en busca de la pobre chica indefensa ¿Eso es lo que proponéis? Que no estamos de camping, capullos- se quejó Luca suspirando
-¿Dónde está Nathaniel y los suyos?- apunté entonces, al haber estado mirando alrededor y notar su más que agradable ausencia -No están-
-Incluso Connor ha desaparecido- notó Bonnie
-Esto no me gusta- sugerí, alzándome bien la capucha
-Eh, eh, eh ¿A dónde crees que vas?- llamó Luca en baja voz
-Voy a ayudar a Leah. Esos cabrones van tras ella-

Nathaniel

Pobre, pobre, pobre ovejita descarriada. Ni siquiera se esforzó demasiado en alejarse del todo de la zona del ritual. La encontramos, estaba allí. Falta de aliento, casi sollozante. Quizá el corazón estaba a punto de salírsele por la garganta a juzgar por su aspecto. Parecía distraida, distante, sin embargo ¿Estaba bajo el efecto de algún tipo de sustancia? Estando sola y siendo una bruja debía de habernos sentido, haber percibido la magia rodeándola de forma anormal y no obstante, allí estaba, sumida en sus pensamientos. Pobre diabla. Sucia asesina -¿Qué hacemos?- Morty, uno de mis afiliados, estaba detrás mía. Todo mi séquito me había seguido haciendo gala de la invisibilidad por igual. Hasta el bueno de Connor. Sabía que Leah había formado parte de su grupito de amiguitos super chachis de hacía más de un año y ahora, había abierto los ojos. En honor a él, decidí ofrecer un buen espectáculo, como venganza. También en el nombre de William
-Ahora veréis. Vosotros, simplemente, disfrutad- alcé una mano en dirección a Leah y cerré los ojos. Sonreí y dejé que mi mente escribiera el guión.

La chica se llevó una mano al rostro, quizá para limpiarse alguna lágrima escurridiza por su mohoso rostro. Ante ella se alzaba una figura conocida que no tardó en descubrir. Lentamente fue alzando la mirada hasta dar con el rostro del encapuchado que tenía en frente -¿Quién... quién eres? ¿Qué quieres?- preguntó con desidia -Déjame en paz, por favor- se abrazó a sí misma. Parecía disgustada. El encapuchado se quitó la prenda que protegía su rostro y se mostró tal como era. De piel mulata, ojos oscuros y profundos, brillantes. Atractivo, alto y algo fornido. William Dwells estaba ante ella. El hombre al que asesinó. Uno de mis hermanos hechiceros -¿Q-qué...?- pude ver cómo el rostro se le contrajo hasta una expresión de infinito dolor y angustia. Las lágrimas le brotaron esta vez sí como cataratas -¿Cómo...?-
-Leah- dijo William con rostro inexpresivo -He vuelto para vengarme-
-No es posible... No eres tú- señaló reuniendo valor -Tú... moriste...- su voz se quebró al decir aquellas palabras
-Porque tú me mataste. Me mentiste, me traicionaste. Me engañaste Leah- acusó William igual de monotono. Era un fantasma. No tenía sentimientos, más que el dolor y la ira de haber pasado al Otro Lado
-No puedes estar aquí- se abrazó a sí misma con más fuerza -Deberías irte. Esto es una mentra, un truco ¡Nadie te ha invocado!- acusó
-No necesito invocación para aparecerme ante la causante de mi muerte- William caminó hacia ella y ella, a su vez, retrocedió un paso. El fantasma alargó un brazo para tratar de agarrarla -Tú me condenaste a la fría eternidad, a los fuegos eternos del infierno. Lo he visto, Leah, por tu culpa. He perseguido los caminos insondables de la oscuridad, me he perdido y me he encontrado a mí mismo en una hilera de posibilidades en las que todas, sin remedio, me asolaban. He ardido en los fuegos, me he congelado en la ventisca. He sentido sus garras Leah- el fantasma derramó una única lágrima de sus ojos. Una roja, carmesí. Sangre recorriendo su bonito rostro y sin inmutarse. Su cara plana, sin pestañear, como un muñeco de trapo -El mismísimo señor de las sombras me agarraba, me clavaba sus garras, me sacaba las entrañas. Me mataste, me maldijiste. Me enviaste al infierno y los demonios y su señor devoraron todo cuanto quedaba de mí...- tras todo el discurso, Leah se mostraba en shock, anonadada, sin palabras. Pálida como la luna llena que nos regalaba la noche del Gran Fuego
-Estoy delirando ¿Verdad?- se llegó a preguntar. William se detuvo ante ella y entonces, de la misma forma que brotó una lágrima de sangre, su rostro comenzó a pudrirse, gangrenarse y desvaratarse como un castillo de arena cuando le azota el mar. Los huesos, la carne y los nervios comenzaban a mostrarse. Gusanos recorrían sus fibras musculares y cuencas oculares conforme sus ojos se descolgaban de su rostro
-Esta es la verdad- dijo con voz gutural el espectro de William -¡ES TODO POR TU CULPA LEAH!- el grito fue ensordecedor. Tanto, que agitó el espíritu de la chica y, a ciegas, echó a correr. Lo único que quedó tras su huida fueron mis carcajadas y las de mi seguidores. Deshicimos el hechizo de invisibilidad mientras me aplaudían ante el espectáculo. Deshice también la ilusión del falso fantasma de William. Esa maldita zorra no iba a olvidar jamás el daño que causó. Me ocuparía personalmente.

Bastian

Anduvimos largo rato buscando a Leah sin encontrar nada, ni a nadie. No había rastro de la chica, ni de Nathaniel ni los suyos. Quizá estábamos dando vueltas en círculos. Luca y Bonnie se ofrecieron por igual a venir conmigo. Fue un milagro que no nos pillaran. El tumulto y la vergüenza que había dejado Leah en su huida nos lo permitió, irónicamente -Este maldito bosque es un laberinto- se quejó Luca
-Es la idea, genio- suspiró la bruja -Así no es fácil en absoluto que cualquier intruso nos encuentre a mí o a mis hermanas-
-¿Y quién iba a querere encontrarse con un aquelarre de brujas?- bufó -En cuanto os vieran practicar ritos oscuros con vísceras de cabra saldrían corriendo-
-Te sorprendería, guapo, de lo que nos hemos llegado a encontrar por no tener la debida protección. No nos ocultamos precisamente de borrachos que se han perdido en el bosque. Entre estos árboles y sombras, hay ojos con poderes e intenciones mucho mas perversas que las de quemarnos en la hoguera o, en el peor de los casos, montarse un harem y violarnos a todas- Bonnie parecía hablar en serio. Incluso había un deje de miedo al pronunciar aquellas palabras. Ciertamente, el bosque era inquietante. A cada tantos metros recorridos, parecía oírse pasos, susurros y lamentos que provenían de ningún lugar
-¿Oís eso?- dije entonces, deteniendo la marcha. Voces. Esta vez voces claras. Y familiares -Eh... Son ellos- apresuré el paso
-¡Espera, Bast! Maldito capullo- se quejó Luca siguiéndome junto a Bonnie.

Encontré a Nathaniel y los suyos regresando con sonrisas bobas en sus labios de vuelta a las hogueras. Me planté frente al líder rubio y le miré incapaz de ocultar la rabia -¿Dónde está? ¿Qué le habéis hecho?-
-Vaya, vaya, vaya. Capitán Mimado al rescate- se burló Nathaniel alzando las manos como si se rindiera a un gran poder, sarcástico -Respetad al bueno de Bastian o papaito Arthur vendrá a darnos unos azotes-
-Escucha gilipollas- le agarré de la capa cerrada al cuello y lo acerqué a mí. No solía ser agresivo, pero hablábamos de Leah -Si le has hecho el menor daño, te juro por el Gran Astado que...-
-¿Qué?- me sonrió tan ampliamente que mostró sus perfectos dientes. Sentí deseos de reducírselos a cenizas a base de golpes -Te veo muy valiente hoy Bastian, para no tener a tu protector cerca- la sonrisa se le fue tensando. Me agarró por igual del cuello de la capa -Venga, suelta la hostia. A ver qué tan bravo eres una vez me des motivos para devolvértela- sus ojos parecían enloquecer. Dejó de sonreir. Fruncía los labios con ira -Venga. Dame motivos, hijo de puta. Llevo años esperando el poder darte la paliza que te mereces ¿Te crees intocable por destacar para los maestros, eh? Enséñame lo grande que eres ¡Vamos!-
-Basta, basta. Por favor- Connor. Tenía que ser él. Nos separó a ambos con un suave empujón -Somos hermanos. Somos hechiceros. No debemos pelear entre nosotros- dijo, esperanzado, en un hilo de voz
-¿Qué pasa, eh?- llegaron Luca y Bonnie -¿Queréis gresca, capullos? Os voy a dar ración doble de chocolate- dijo alzando los puños en posición de pelea
-Me va el chocolate blanco, gracias- puntualizó Nathaniel hiriente -El negro me da asco- sus seguidores rieron
-Oh, tío. Ahora sí que te has ganado una-
-¡Por favor!- concluyó Connor -¿Es que no podemos comportarnos como personas maduras?- suplicó
-Habla por ti- gruñó Luca -Has decidido mezclarse con la guardería- los señaló con un movimiento de cabeza -Eres simplemente uno más-
-Yo...-
-Connor... ¿Dónde está Leah?- preguntó Bonnie con rostro macilento -¿Qué le habéis hecho?-
-Pasando. Tira, Connor- ordenó Nathaniel pasando de largo de nosotros, no sin chocar el hombro conmigo en una última pueril demostración de orgullo. No se alejaba demasiado de los típicos abusones de escuelas mundanas. La frase de "Dios los cría y ellos se juntan" no podía ser más cierta. Connor, sin embargo, se quedó atrás un instante
-¿De qué vas?- preguntó Bonnie de nuevo -¿Qué haces juntándote con Mister Dictador y los fantásticos dictadorcitos?- señaló la bruja, molesta -Tú estás por encima de esto, estás por encima de ellos. Eres mejor persona que ellos- Connor miraba al suelo
-Eres una estafa- dijo simplemente Luca cruzándose de brazos -Qué puta decepción, colega-
-¡Connor!- llamó de lejos la voz de Nathaniel
-Dinos dónde está Leah- le agarré del brazo antes de que se marchara cuando pasó por mi lado. No me miró a los ojos -Te juro que si le habéis hecho daño, Connor, incluso a pesar de los viejos tiempos, me la pagaréis. Todos. Tú incluido-
-No le hemos hecho daño...- suspiró -Siguió esa dirección- señaló -Está asustada. Tal vez deis con ella- resumió -Lo... Lo siento mucho- se soltó con suavidad y echó a caminar. Me limité a ignorarle por completo y a seguir el sendero que nos señaló. Si le había pasado algo a Leah... me ganaría el castigo del Círculo a pulso, por una buena razón.

martes, 11 de septiembre de 2018

Bonnie

Los pies descalzos se hundían bajo la humedad de la hierba, repleta de hojarasca, tierra y pequeños seres vivos que campaban a sus anchas. Para ellos, aquella noche eramos nosotras las intrusas.

Sosteniendo una antorcha en una mano y un frasco lleno de pétalos de dalia frescos, cerré los ojos con la intención de llevar a cabo con total concentración aquel ejercicio. Sin embargo, la cabeza me daba vueltas. La concentración se veía quebrada y rota cuando rememoraba los sucesos de hacía exactamente un año. Si me dejaba llevar, podía verme a mi misma de rodillas en el suelo, con manos temblorosas, observando el cuerpo sin vida de aquel hechicero cuyo nombre jamás olvidaríamos las de nuestra generación. Leah lloraba desconsolada y asustada, mientras yo, era incapaz de controlar mis propias emociones. No sabía como ayudarla a ella, ni tampoco a mi misma. Abrí los ojos para alejar aquellos pensamientos una vez más, siendo consciente de que, después de un año, quizás aun no había conseguido aprender a hacerlo. 

— Sentid la tierra entre los dedos de vuestros pies, el viento colarse entre los árboles. Sus ramas se agitan y sus hojas os relatan historias al oído — Relataba Selene, la profesora más joven de todo el aquelarre. Sus cabellos rubios, adornado con una corona de flores silvestres, danzaban al rededor de sus hombros cortos y enjutos. Sus piernas delgadas temblaban a cada pisada sobre la tierra. Estaba especialmente emocionada por aquella celebración, de eso hacía días que nos habíamos percatado todas. Si bien Selene era una mujer tranquila y sosegada, había pasado toda la semana envuelta en nervios y ansiedad, sermoneando a las aprendices y limpiando la residencia. La razón de su felicidad era incierta para todas, aunque algunos rumores afirmaban que podía deberse a el irrefrenable deseo de intimar con un hechicero. —Historias sobre la mortalidad y la noche oscura. La magia emergente en comunión con aquello que os rodea... —
—Es posible que con ese discurso espante a nuestros invitados — Marie, otra de nuestras profesoras, caminaba a mi lado con su propia antorcha en la mano. Aquella noche se encontraba increíblemente preciosa, con sus cabellos negros recogidos en la parte más alta de su cabeza. De todas las profesoras, Marie era la más cercana. — No los culparía. Cuando se pone así, a mi también me entran ganas de irme— aseguró entre murmullos.
—Selene expresa todo cuanto sentimos — expliqué —Marcas las diferencias entre los hechiceros y nosotras no nos hará daño.
—Hace daño a mis oídos— con aquel comentario, me vi obligada a soltar una risa que casi desestabiliza el paso que hasta ahora había llevado con gracia. —Algo te aflige— aseguró con tono serio en la voz —A ti y a todas. La energía no os rodea en esta velada. ¿Hay algo que deba saber?— preguntó con interés. Suspiré de forma desanimada. Marie no era tonta. Ninguna bruja de nuestro aquelarre era tonta y muchos menos aquellas quienes se encargaban de nuestro aprendizaje. Sabía perfectamente lo que nos ocurría. Sin embargo, supuse que obtener una confirmación clara y concisa aliviaría su carga de responsabilidad por nosotras.
—Hace un año de lo de... William. Tememos que algo así pueda volver a ocurrir, esta vez con nosotras.
—¿Tienes miedo de las represalias de los hechiceros?— preguntó con sorpresa.
—No son hermanitas de la caridad, precisamente.
—En ese caso, y si tenéis miedo...— Marie elevó la voz, haciendo callar a Selene. Todas las brujas la miraron, pero ninguna detuvo el paso —Debéis cuidaros y no cometer errores. Hemos hablado cientos de veces de sentimientos como el amor, el cariño y el deseo. De la curiosidad, de las ansias... William no hubiese muerto si una de nosotras no hubiese infringido una de las normas. Basta con que ninguna de nosotras vuelva a hacerlo para que no vuelva a ocurrir algo semejante— pronunció con seguridad — Y si alguno de nuestros queridos compañeros se atreviese a tomarse la libertad de vengar a su compañero fallecido... antes tendrá que enfrentarse a nosotras y lo que podemos hacer— sonrió con malicia. Algunas brujas sonrieron con tranquilidad al escuchar sus palabras. Selene, sin embargo, compuso un rostro triste al comprobar que su largo discurso había calado mucho menos en las chicas que las cortas palabras de Marie.

La música, los cánticos y el crepitar de las llamas comenzaron a oírse en mitad del silencio. Las sombras que pasaban junto a las hogueras se reflejaban entre los árboles. Una estampa siniestra, horrible, para cualquier simple humano. Mis hermanas y yo tomamos aire, y tras una leve indicación de cabeza de Selene, nos colocamos en fila de manera que, de una en una, fuimos acercándonos hacia el lugar en el que el fin del verano se celebraba. Sujetando la antorcha de forma firme, nos acercamos por turnos a la hoguera principal, en la que arrojamos las mismas para avivar el fuego, en señal de unión y deseos de comenzar la celebración. Posteriormente, los hechiceros se colocaron uno junto a los otros, y nosotras, nos colocamos frente a ellos. El orden estaba establecido, sin embargo, siempre había hechiceros y brujas que se las arreglaban para que les tocase situarse frente a alguien ya conocido. En mi caso, vi a Bastian y Luca dirigirme una mirada significativa. Me colé en el sitio de dos brujas a mi derecha sin llamar la atención, de manera que pude colocarme frente al primero. No contenta con ello, mi mirada se desvió en todas direcciones, pues había alguien a quien no veía.
— Buenas noches, hermana bruja — recitó Bastian, seguido de una risita bromista de Luca.
— Buenas noches, compañero de Seimei — dije, de la misma forma que saludaba todos los años al hechicero que tenía frente a mi. Extendí las manos, ofreciéndole el frasco de pétalos de dalia —Una ofrenda de bienvenida y acogimiento. Las dalias expresan gratitud — Bastian tomó el frasco con las manos y agachó la cabeza en señal de agradecimiento. Sus ojos expresaron la misma sorpresa de todos los años, al admirar como en el interior de un frasco de cristal sellado, los pétalos no se secaban.
—¿Donde está Leah?— preguntó el chico con rapidez. Yo ladeé el rostro, y al hacerlo, algunas trenzas oscuras se desprendieron del descuidado recogido. 
—No... va a participar en la bienvenida. Se unirá más tarde, sin llamar la atención. Ya sabes — expliqué. Por un momento me la imaginé, metida en la cama y con la almohada colocada sobre su cabeza. Como si así pudiese escapar del mundo.
— Pensé que no estaría en toda la noche — añadió Luca, ignorando a la bruja que tenía en frente y aun le ofrecía su frasco de flores.
—No ha hecho nada. Fue un accidente. Ella no sabía que... — De repente, detecté que nos miraba demasiada gente. Todos estaban deseando escuchar la historia ¿Y de quien mejor que de la mano de la mejor amiga de la asesina? —Lo hablaremos más tarde. Con ella — susurré. Volví a dirigir una mirada inquieta a los hechiceros. —¿Y Connor?— Bastian movió la cabeza hacia la derecha y después dirigió su mirada hacia él. Recorrí el camino que él dibujo hasta hallarle. El hechicero de pelo corto castaño, seguía luciendo un remolino de cabellos en su flequillo. Su cuerpo delgado y larguirucho hubiese destacado entre los demás, de no ser porque los demás... eran demasiado llamativos. 
Nathaniel Rayley y sus lameculos. 
—¿Qué hace Connor con ellos?— pregunté bastante ofendida.
— Él... no llevó demasiado bien lo de William— respondió Luca
— ¿Y que tiene que ver eso con Nathaniel? ¿Se ha vuelto loco? — La bruja que había a mi lado me dio un codazo de advertencia. Selene estaba dando otro de sus discursos y me había mirado con desaprobación.

Chisté con rabia. Miré a Selene pero me decidí a no oírla, pues de vez en cuando miraba a Connor con incredulidad. ¿Como era posible que fuese amigo de ese grupo de malnacidos? Connor... era mi mejor amigo.


Leah

Las manos me temblaban. Un sudor frío me recorría la frente y espalda. Los recuerdos me acechaban como una cruel llamada de la muerte. Aunque la muerte, irónicamente, era yo.

Debía ser la única de mis hermanas que se permitió el lujo de andar con zapatos en mitad del bosque. Era demasiado estúpido presentarse a aquellas alturas, un par de horas después de la ceremonia de bienvenida, portando la magia y el misticismo que todas habían mostrado, cuando el principal objetivo de mi llegada tardía era no llamar la atención.

Vestía un vestido blanco, como todas las demás. Sin embargo, no me había cuidado tanto el peinado y llevaba el tocado de flores mal puesto. Las botas negras que lucían eran aquellas que usaba a diario. Y por supuesto, no lucía ni pulseras, ni collares ni anillos. No lo había pensado. No lo deseaba. Mi único deseo era que aquella noche terminase pronto.

—Relájate. Tu tensión puede olerse desde lejos — Joanne caminaba a paso tranquilo a través del bosque. La profesora designada para acompañarme hacia la fiesta tampoco andaba descalza. —Cabeza alta, hombros hacia atrás. Que no te vean dudar 
—¿Dudar?— reí con disgusto. Algo en mi interior se contrajo hasta el dolor —Estarán mirándome sin pestañear. Buscarán cualquier cosa, cualquier gesto, que me haga culpable de lo que ellos quieran— me defendí.
—El aquelarre ya comunicó lo sucedido. El Círculo de Seimei está de acuerdo con los antecedentes. No hay más que juzgar.— explicó con severidad.
—¿Y por qué no lo dejamos para el año que viene? ¿Por qué no me dejáis ir a la ciudad más cercana? Tiene que estar llena de gente de mi edad pidiendo caramelos y pasándolo bien. No llamaría la atención— bufé.
—Porque eres una bruja. Te debes a tu aquelarre y a tus hermanas. La Noche de las Brujas debe ser festejada por todas y cada una de nosotras. Celebrar y acoger tu habilidad es toco cuanto se requiere de ti— Joanne frunció el ceño mientras caminaba, pero apenas me dirigió la mirada. Sus ojos esmeralda brillaban en mitad de toda aquel maquillaje oscuro, a conjunto con sus largos cabellos lisos del color del ébano. Una mujer demasiado hermosa, sobretodo para tener setenta años. O eso decían.
—Van a ir a por mi.
—Pues defiéndete.

Caminar con paso firme hacia el lugar de siempre fue algo casi imposible. Recordaba cada árbol, cada raíz, cada piedra y cada arbusto que me rodeaban conforme nos acercábamos. Fue una noche tan horrible que los recuerdos se quedaron unidos a mi mente como si hubiesen sido forjados bajo una llama candente.  Un par de veces, sentí la necesidad de parar, de huir o quizás llorar y suplicar. Sin embargo, la mirada fría y madura de Joanne me lo impedían. ¿De que seria capaz de la contrariaba? No quería saberlo. Corrían rumores sobre su forma de disciplinar usando la magia que deseaba no descubrir.  — Cuando lleguemos, camina con tranquilidad. Únete a una compañera y conversa como si nada ocurriese ¿Queda claro?— preguntó. Yo asentí —Si te pregunta, di la verdad. No dudes— asentí nuevamente —Y si un hechicero se atreve a insultarte a ti o a nuestro aquelarre, házmelo saber.
—Como quieras— suspiré. Oí la música, el jolgorio. Tuve que disminuir el paso.
Joanne sacó algo de su bolsillo. Un pequeño papel. Con solo mirarlo, el papel envuelto prendió. Lo llevó a sus labios y dio una profunda calada. El olor fuerte de aquello que fumaba me llegó a la nariz con rapidez. 
— Toma. Una calada. No más— ofreció la profesora. Yo fruncí el ceño, extrañada de que sugiriese a una aprendiz a su cargo fumar. A juzgar por el olor, sabía que hierbas contenía aquel cigarro casero. Yo misma las había probado en secreto para calmar la ansiedad. Sin embargo, aquel gesto fue sumamente extraño.
—¿No está prohibido?— pregunté, tomando el cigarro.
—Que os lo hagáis vosotras, sin supervisión y consentimiento, sí. Sabe la oscuridad que diantres podríais llegar a hacer las menos maduras— explicó, por fin, mirándome a los ojos.
—Pero... pueden desinhibir. ¿No sería... contraproducente para mi?
—Una sola prueba no hará que te desvíes, solo que te tranquilices— explicó.
— Pero es droga— insistí. Joanne acabó poniendo los ojos en blanco, exasperada.
— Es hierba. Una hierba más de entre las cientos que manipulamos a diario. Leah, por lo que más quieras...
—Está bien, está bien— di una pequeña calada a aquel papel que envolvía la droga y se lo devolví. Joanne estaba demasiado tensa como para impacientarla. Pronto, sentí como el humo descendía hasta mis pulmones y una tranquilidad ligera me envolvía.
— Ahora ve.

Me incorporé a la fiesta con un poco de seguridad, quizá por los efectos de la droga. Caminé tranquila en dirección a Bonnie nada más visualizarla entre la multitud. Ella se giró de forma casual, de manera que se sorprendió al verme. Tras ella, estaban Luca y Bastian. Me sentí sobrecogida al compartir una mirada con ellos, pero aquello no consiguió que detuviese el paso. Había estado un año pensando. Todo un año planeando la mejor manera de explicarles a los demás lo que había sucedido sin llegar a perder la amistad con ellos. Disculparme por no haber podido explicarles aquella misma noche lo que ocurrió antes de que cada uno volviese a su propia residencia, intentar que empatizasen conmigo, explicarles la naturaleza de mi habilidad...

De pronto, un sin fin de miradas se clavaron en mi. Sudé, temblé. No era lo suficientemente fuerte como para afrontar aquello. No pude hacerlo.

Sin querer, acabé huyendo. Corrí hacia los bosques obviando los castigos y las llamadas de mis hermanas. Una vez más... no pude oír nada.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Arthur

La Cámara del Pensamiento. Qué lugar tan maravilloso. Asombroso, diría. Poco importaban los años y sabía, en los más profundo de mí, que incluso poco importaban las edades que pudieran pasar sobre la faz del maravilloso planeta en el que todos vivimos, siempre sería un lugar capaz de sobrecoger el corazón. Amplia, profunda y en forma de media luna, con estatuas de Grandes Maestros del pasado decorando la pared semicircular a modo de pilares. Sus ojos de piedra siempre eternamente clavados en la figura de aquel que se atreviera a entrar en la sala, donde sólo los maestros tenían permitido el acceso. Allí estaban ellos, mis compañeros, mis hermanos, y el Gran Maestro. Todos se hallaban sentados con las piernas cruzadas, con la particularidad de estar levitando a unos centímetros del suelo -Torre de control al habla- bromeé, sin poder evitar reirme al verlos tan concentrados. Josh, uno de los más jóvenes maestros del Círculo, abrió los ojos súbitamente, se desestabilizó y cayó de golpe con un ruido sordo
-Maldito seas, Arthur. Te maldigo- gruñó acariciándose los cuartos traseros con mala cara
-No deberías maldecir. Pueden pasar cosas escalofriantes- al oír la conversación, el resto de maestros: Eric, Norman y el Gran Maestro Nikolai descendieron de nuevo al suelo y rompieron su concentración
-Arthur...- suspiró Nikolai -Quedan unos minutos para que nos pongamos en marcha ¿Qué te trae aquí para interrumpirnos? Si has decidido no participar en la meditación, no tienes por qué venir-
-No pretendía entorpecer, Gran Maestro- incliné la cabeza con respeto -Es sólo que quería hablar con vosotros antes de que iniciasemos el transporte a la meseta- crucé las manos tras la espalda
-¿Y de qué quieres hablar?- terció Norman entrelazando sus manos. Las canas en sus sienes le daban un aspecto de madurez y sabiduría ciertamente intimidantes. Apreciaba mucho a ese hombre
-Bueno, no es nada nuevo, pero...- cerré los ojos
-No- inquirió Josh poniéndose en pie -No volverás a hablar de ello ¿Verdad?- dijo con voz calmada, pese a su tono severo
-Me temo que no tengo elección- asentí -Cada año se ha celebrado en el mismo lugar y, sin tener nada en contra de nuestras hermanas brujas, considero que sería buen momento que buscásemos otro sitio donde celebrar esta agradable noche- sonreí -La magia está en todas partes-
-Pero no las brujas- asintió Eric -Les coge cerca. Ellas no son del tipo que utilizan portales- ladeó la cabeza, reflexivo -Les va más eso de andar desnudas por el bosque para llegar a sus... objetivos- sonrió de forma amplia e inquietante -Y quién fuera objetivo...- imaginó
-Comprendo lo molesto que resultaría para ellas tener que desplazarse a una mayor distancia, pero...-
-Arthur, querido y viejo amigo- Nikolai se puso en pie y me miró con ojos brillantes, empapados de saber y poder -Desde que acudiste por ver primera con nosotros a la celebración del Gran Fuego de Halloween nos has advertido de forma incansable sobre ese remoto lugar al que acudimos- me estudiaba, podía sentirlo -Pero...- caminó hacia mí y extendió su anciana mano, alcanzando mi hombro y apretándome suavemente con gentileza, como él siempre era -...hemos analizado ese lugar incontables veces desde entonces y nada hemos encontrado. Allí no hay más magia que la que hay en el resto del mundo, y la de las brujas. No hay espectros, ni demonios, ni puertas al Otro Lado. Allí no reina oscuridad alguna. Temes a fantasmas que tus ojos no alcanzan a ver- escuché con paciencia las palabras de mi anciano amigo
-Nikolai... ¿Cuántas veces me equivoco, amigo mío?- apelé a sus recuerdos. El anciano suspiró pesarosamente
-Todas las veces que has dicho que ese lugar está maldito- agregó Josh con mala gana, mirándome fijamente -Siempre, sin remedio, te has equivocado ¿Y sabes qué, señor Brook? Opino que se te ha subido a la cabeza la admiración que este Círculo de hechiceros te tiene. La estima, los honores, te han anidado en esa azotea enorme que tienes por cabeza como una bandada de pájaros cuyo plumaje está compuesto únicamente de ego y demencia-
-¡Joseph!- tronó Nikolai. Su mano apretó más mi hombro mientras miraba molesto a mi compañero maestro -No toleraré insulto alguno a ningún miembro de este Círculo, ni de parte de aprendices ni profesores- gruñó
-Claro- asintió Josh con mirada displicente -Nadie debe insultar al estandarte del Círculo. Él sí puede aparecer cuando quiere y donde quiere, interrumpiendo meditaciones y enseñanzas, elucubrando sobre fuerzas oscuras que no existen, sembrando la semilla de la duda, el miedo y la desesperanza. Toda la sangre vertida durante años, lustros, décadas y siglos entre hechiceros y brujas hasta alcanzar una tregua de paz tirado por tierra si hiciesemos caso a las palabras de un maestro engreido con aires de grandeza. Pero no, Gran Maestro, nadie debe insultar. Ni aprendices ni maestros- no miraba a Nikolai en ningún momento. Sus ojos claros estaban clavados en mí y nisiquiera pestañeaba. Estaba furioso. Siempre percibí su animadversión hacia mí pero con los años se volvía peor
-Hijos de puta- dijo entonces Eric. Se creó un extraño silencio y, posteriormente, comenzó a desternillarse de risa él solo
-Esta reunión ha concluido. La Cámara del Pensamiento no es lugar para disputas. No crearemos disturbios en este Círculo aunque la vida me vaya en ello- sentenció -Marchaos, los tres. Preparaos para partir- ordenó, dejando completamente de lado vínculos y amistades. Eso era lo que convertía a Nikolai en un magnífico Gran Maestro. Sabía separar su deber para con el Círculo y la magia y sus relaciones personales. Por eso eramos fuertes, por eso estabamos a salvo -Joseph- dijo antes de que saliese éste último, pasándole por el lado -No quiero oír una palabra más a lo largo de la noche. No quiero veros discutir a ninguno de vosotros, ni entre vosotros. Dejaréis atrás este y cualquier otro tema que cree rencillas. Ante las brujas somos una unidad tan fuerte como ellas ¿Está claro?- Josh asintió despacio
-Claro...- sonrió hasta mostrar poco a poco los blancos dientes de forma misteriosa -¿Cómo iba a poner en entre dicho la autoridad de los hechiceros ante nuestras enemigas juradas, pese a que ahora somos aliados? No soy yo, de nosotros, el que pretende insultarlas- me disparó una última mirada y se marchó. Suspiré. No había remedio con ese hombre.

Bastian

El portal era un abismo oscuro capaz de absorver hasta el último de los pensamientos de quien lo mirase de forma indefinida. El Gran Maestro Nikolai era el único hechicero conocido capaz de abrir uno tan grande, capaz de albergar a todo el Círculo. Por ello era enorme, un agujero negro de posibilidades. Pese a los años que llevaba viviendo entre hechiceros y viajando a diversos lugares y celebraciones utilizándolos, nunca dejaban de fascinarme. La capacidad de ir a cualquier lugar en un instante... Sólo de imaginar a los no mágicos ignorando esas posibilidades daba escalofríos -¿Creéis que estará esa zorra presente?- oí a mis espaldas. Nathaniel, otra vez, hablando con su grupito de fantásticos alumnos intratables e iracundos. La crème de la crème -Os juro que si la veo presente voy a vengar a William de la peor forma posible- gruñía -Me importa una mierda la alianza. Ella la quebró matando a uno de los nuestros. La voy a abrir en canal desde ese coño sucio de bruja hasta la garganta, le voy a sacar las tripas y las utilizaré para invocar demonios de los abismos del Otro Lado. Y les ordenaré que violen sus interiores de forma lasciva y, luego, que se den un festín con lo que quede de ella- dijo vanagloriándose de su sórdida imaginación. Sus secuaces le jaleaban y daban ánimos
-No escuches a ese imbécil- Luca estaba a mi lado, distraido con su constante obsesión de morderse las uñas cuando va a utilizar algo de magia más fuerte de lo normal, como en ese caso el uso del portal -Que hable, sí, que hable- asintió sonriente -A ver si es tan valiente una vez tenga una horda chochitos furiosos y jadeantes por practicar ritos con sus huesos y su sangre-
-Sois todos ciertamente despectivos a la hora de referiros a ellas ¿no?- fruncí los labios, pensativo
-Son brujas tío, ya las conoces de sobra- se encogió de hombros
-Y tú. Conocemos a Leah, conocemos a algunas. No son... chochitos- dije con rintintín. No me gustaba esa palabra
-¿Y tú qué, Bast? ¿Eres ahora el caballero de brillante armadura, protector de herejes que bailan desnuda al son de diablo y que comen niños?- dijo imitando torpemente la voz monstruosa de lo que, antaño, sería un miembro de la inquisición y cazador de brujas
-No lo soy- dije sin más, restándole importancia a su comentario -Pero sí que creo que son comentarios desafortunados, al igual que si ellas se refirieran a nosotros de la misma forma despectiva y desagradable- negué con la cabeza -No es la esencia de la magia. Ni es la mejor naturaleza para mantener la paz que hay ahora entre nosotros-
-Deberías dejar de estudiar tanto los apuntes del maestro Brook. Se te está yendo la cabeza, colega- se mofó Luca
-No...- musité cabizbajo para mí mismo -No es a mí a quien se le está yendo la cabeza-

El portal nos engulló como una tormenta que se cierne sobre un pequeño pueblo a las orillas del mar. Atravesamos la oscuridad insondable del umbral hasta que, con un simple pestañeo, allí estabamos. Ante nosotros se dibujaba una lúgubre llanura de cesped rodeada por un bosque brumoso en el que apenas se podía discernir la copa de los árboles. De vez en cuando alguna piedra o montículo de las mismas adornaba el descampado, además de la disposición de un vasto número de pequeñas hogueras aún apagadas coronadas por una central, alta y enorme como los propios árboles que circudaban el lugar -Y aquí estamos- Luca se crujió los nudillos -¿Qué clase de episodio siniestro nos depara la noche? Más en el próximo episodio de... las descendientes de Salem- volvió a imitar de forma ridícula un tono fantasmal.

De entre la bruma, momentos después, emergió una figura. Vestida con un traje blanco de tela fina hasta el punto de que casi parecía tener transparencias, una bruja de cabellos rubios y ojos pintados con sombra negra de forma un poco tosca se dirigió hacia el grupo, encabezado entonces por Nikolai y los maestros. Caminaba de forma resuelta, despreocupada y casi danzarina. Sus pies descalzos parecían deslizarse sobre la hierba grisacea engullida por la bruma. Llevaba una corona de laureles, o eso parecía, en su cabello. Adornado además con flores rosas y lilas -Capas- dijo Nikolai. Todos conjuramos nuestro atuendo y apareció sobre nosotros, rodeándonos de forma individual, unas capas verdes con capucha que cubría nuestro rostro y vestimenta. La bruja llegó justo a tiempo para que todos estuvieramos ataviados de forma precisa -Hermosa Jannis- sonrió Nikolai. Le tomó la mano y trató de darle un caballeroso beso pero ella la apartó antes de tiempo. Lo miraba como quien ve un fantasma
-No, aún no. Aún no puedes tocarme, ni yo a vosotros- comentó casi en susurros, con voz embriagadora. La hacía más atractiva esa forma de hablar, más de lo que ya era físicamente. Parecía una musa de la antigua grecia más que una bruja. Si los cazadores de la fe mundana la hubiesen visto en esos instantes, no habría hombre que hubiese osado meter a semejante dama en la hoguera
-¿Y tus hermanas?- preguntó Joseph mirándola de arriba abajo con descaro -Llegan tarde-
-Llegarán cuando deban llegar- musitó la bruja mirándole de reojo. Se llevó un dedo a los labios y se acarició. Se sintió una ligera vibración en el ambiente y provenía del maestro Joseph, claramente
-Propongo que nos dispongamos en las hogueras y aguardemos- apuntó el maestro Arthur, atrayendo la mirada de la tal Jannis, la mensajera
-Puede que sea la mejor solución- comentó con sonrisa encantadora -Aunque creo que esta noche del Gran Fuego se hará difícil esperar...- se mordió los labios mirando a Arthur y se dio media vuelta, caminando hacia la penumbra y las hogueras apagadas. Volvía a moverse con contoneos y medios saltos como si danzara al son de una música que, al menos yo, era incapaz de oír. Reinaba el silencio sólo quebrado por un ulular oportuno de un buho condescendiente dedicado a su propia cacería y el viento fantasmagórico que a ratos acompañaba con suaves brisas de entre los árboles. Al menos, la presencia de las chicas se hacía sentir, cada vez más y más cerca -Ya vienen- sonrió Jannis cerrando los ojos y abriéndose de brazos como si esperara un abrazo de alguien o algo -Pronto comenzarán a llegar- los hechiceros nos fuimos separando en pequeños grupos rodeando las hogueras apagadas en completo silencio. Yo estaba junto a Luca y algunos más aguardando la llegada de las brujas, que por igual, se separarían en grupo y se irían uniendo a nosotros para encender los fuegos sacramentales. Desde mi posición, sin embargo, alcanzaba a ver a los maestros entorno a la gran hoguera, la enorme y destacable, la llamada Gran Fuego de Halloween que permitía nuestra comunión mágica y realimentación de nuestras energías y fuerzas vitales entre hechiceros y brujas, hermanos lejanos unidos más que nunca. Pero más que el tamaño de la hoguera, más que el silencio y las vibraciones ambientales de la próxima llegada de las brujas como Jannis, era que Arthur estaba visiblemente inquieto. Miraba a varias direcciones con discreción, incluyendo el cielo y la tierra ¿Qué estaría sintiendo? No eran las brujas, eso estaba claro, pues llegarían en breve. Yo no sentía nada, ni Luca. Los demás tampoco parecían molestos. Supuse que sería algo que escapaba a mi entendimiento y decidí dejarlo de lado hasta que llegase el momento en que pudiera preguntarle. Apenas empezaba una de las noches más importantes del año.
Bastian

El mar. Podía verlo, podía sentirlo, podía incluso respirar su aroma. Aún con los ojos cerrados lo dibujaba perfectamente en el horizonte oscuro que cubría mis ojos. Se movía, se agitaba. Rompía con olas furiosas contra muros de piedra, acantilados, orillas de playas, calas y puertos agitando los diversos barcos. Aquí, allí, en todo lugar. Desde América hasta las cosas de Japón. Todo podía verlo, todo podía sentirlo. Todo, a la vez, me arropaba y me alcanzaba. Todo... -¿Qué haces?- ... desapareció. La voz repentina y grave de Luca me sacó del trance y me hizo caer de lleno al suelo. El impacto en mis piernas y gluteos no fue fácil de ignorar. Me dolía hasta el coxis -Vaya, te he interrumpido- rió como si no lo hubiese hecho queriendo. Le miré desde el suelo con desaprobación. Mis ojos acostumbrándose aún a volver a recibir la luz de las velas y candelabros que iluminaban las viejas ruinas del Círculo
-Vete a la mierda Lu- suspiré, sabiendo que discutir con él era una pérdida de tiempo. Enfrentarle sólo me llevaría a problemas que no quería cargar
-Venga, no seas así- pasó adentro de la habitación y se reclinó a mi lado, dándome palmaditas en el hombro -Tío, te pasas demasiado con esto de ser el mejor jodido hechicero del mundo ¿Sabes?- le miré fijamente aún. Su piel oscura se recortaba contra el fulgor de la anaranjada luz de los fuegos. Su tez de ébano era atrapante de cierta manera bajo los destellos del fuego. Era un tipo atractivo hasta incluso para mí, nunca lo negué ni me avergonzaba decirlo
-¿Pasarse demasiado?- me puse en pie y me sacudí las partes traseras del pantalón -Querer ser más, hacer más, nunca es demasiado Luca. En todo caso tú y los demás sois demasiado... pasivos- me encogí de hombros.
-Pasivos no es la palabra. Somos prácticos. El tiempo libre que tenemos no lo pasamos meditando ni conectando con la magia. Somos hechiceros, hermano. La magia nos rodea por el mero hecho de existir ¿Para qué insistir?- se burló cruzándose de brazos
-Definitivamente ser hechicero no te hace ser verdaderamente conocedor de la naturaleza ¿eh?-
-¿Qué quieres decir?- entrecerró los ojos. Sabía que le había insultado, o lo sospechaba de alguna manera, pero no estaba seguro
-Da igual, déjalo- le palmeé un brazo y me dirigí al exterior de la sala. El pasillo era largo y angosto, iluminado parcialmente por las velas espaciadas. Era lúgubre y frío. Los maestros no parecían tener intención de modernizar las "instalaciones" del Círculo, al igual que las normas y costumbres -¿Dónde está todo el mundo?- pregunté a Luca al percatarme del enorme silencio que reinaba en los pasillos
-En el Sanctus- dijo con pereza, bostezando -He venido a buscarte para eso. Nos llaman, a todos-
-¿A todos?- arqueé una ceja. Ir al Sanctus no era precisamente buena señal. Por lo general, se trataba de afrontar un castigo severo por alguna clase de destrozo, afrenta o infracción. Que todos los aprendices fuesemos llamados al Sanctus sólo podía significar que se avecinaba el fin del mundo. Afortunadamente me equivocaba en ese pensamiento.

El Sanctus era muy similar a un circo romano, enorme y redondo. La única sala de todo el Círculo que no tenía un techo de piedra permitiendo vislumbrar el mar sobre nuestras cabezas y los distintos peces que se movían por el lugar. A pesar de la profundidad del lugar, era la magia del recinto lo que permitía aclarar el agua para poder deleitarnos la vista con la belleza del lugar. A mí, personalmente, siempre me encantó el Sanctus, pero como a todos los aprendices, nos aterraba la idea de ir allí. Afortunadamente era enorme y no eramos suficientes como para llenarlo por completo. Nos sentamos en las distintas gradas hechas de piedra mientras que los maestros se encontraban abajo, en el centro. El barullo formado por el constante murmurar de todas las almas presentes se fue opacando poco a poco hasta que todo se volvio tan silencioso como la propia galaxia ante la atenta mirada del Gran Maestro Nikolai, delgado, algo enjuto y con su cabeza despejada de todo cabello -Bienvenidos al Sanctus, un día más. Esta vez me alegra comunicaros que esta reunión no es para un castigo generalizado ni para una purificación por afrentas o posesión- dijo mientras dibujaba una sonrisa en el rostro, aplacando el nerviosismo presente de todos los aprendices -Los más avispados sabrán qué noche es esta, a finales de verano. Por ello nos reunimos aquí, para dar paso al exterior, a reunirnos con nuestras hermanas brujas y celebrar un apacible Halloween- de nuevo los murmullos. El Gran Maestro se mantuvo en silencio unos instantes hasta que alzó una mano e hizo una seña a una figura insondable en la tenue oscuridad a su espalda para que saliera a la luz. Sentí el rostro dolerme de la emoción debido a la sonrisa que se me talló a cincel en el rostro. Era él. Mi maestro. Había vuelto. Arthur Brook
-Aprendices del Círculo de Seimei- declaró con voz poderosa, pero amable -Conocemos, todos los maestros, el problema que hubo el año pasado. La pérdida de William Sanders nos entristeció a todos. No obstante, debemos tener en cuenta que los accidentes ocurren, hoy, mañana, y dentro de un siglo- hizo una pausa para que calara su mensaje -La magia es impredecible, así como lo es el Dios al que veneran aquellos que no la poseen. Es algo que debéis comprender y que debéis aprender a perdonar-
-¡Fue un asesinato!- dijo de pronto una voz. Un chico de cabellos rubios y despeinados se había puesto en pie y señalaba acusador a los maestros. Si no recordaba mal, se llamaba Nathaniel Rayley, de Inglaterra -¡Fue un cruel ataque y asesinato por parte de las brujas!- su acusación reiterada alzó de nuevo murmullos, esta vez más agresivos
-Debo disentir, señor Rayley. Para empezar, quisiera que no irrumpiera en de forma tan tajante y atrevida ante la palabra de los maestros- regañó con paciencia Arthur, con una cálida sonrisa paternal, en contraste a lo que advertía -Y debo añadir que no hay pruebas para destacar que la muerte de William fue un asesinato. Fue un simple accidente desafortunado-
-¿¡Desafortunado!?- soltó una carcajada el rubio -Cuando se trata de brujas nada nunca es desafortunado. Cada uno de nosotros es una molestia para ellas, para su crecimiento. Son unos parásitos de la magia. Las herederas de Salem, como tanto se gustan hacer llamar, son precisamente eso, sus herederas: hijas, nietas o sobrinas. Descendientes de una estirpe maldecida por fuerzas que no llegaban a comprender ni a dominar. Son intrusas en nuestro mundo. Y cuando han podido se han deshecho de nosotros, del origen del poder, los hechiceros- miró al resto de alumnos. Tenía un carisma desbordante en el rostro, en su sonrisa furiosa, en sus ojos brillantes ante la emoción del momento. Se podía sentir cómo atraía las miradas de todos los aprendices. Sentí un escalofrío al mirarle fijamente. Sentí que algo no estaba bien -No sé vosotros, mis hermanos, pero yo opino que si nos reunimos con las brujas una noche más sea para diezmarlas ¡Como hacíamos en el pasado!- alzó el puño y, de foma preocupante, otros le siguieron
-¡Silencio!- tronó de pronto la voz de Arthur, esta vez sin sonrisa paternal. El ambiente se heló de forma ipso facta, de forma casi literal. Había neblina en el aire que apareció de forma espontanea -Señor Rayley, no permitiré que haga apología ni enaltezca el terrorismo y el asesinato entre congéneres. Las brujas y los hechiceros hemos convivido durante generaciones, desde hace siglos, en paz. Desde que Reina Winters y Ozimandias Angus unieron su sangre en sagrado rito ante las puertas del Otro Lado- concluyó con solemnidad -No seremos nosotros quienes ensucien el tratado de nuestro Gran Maestro, fundador de este Círculo- declaró -Si vuelvo a oirle decir semejante disparate, será catalogado de forma inmediata como seguidor de la Senda de la Mano Negra, joven aprendiz. Y será tratado como tal- ante aquella amenaza, Nathaniel se sentó en silencio. Aún se podía respirar la frustració y la rabia en el Sanctus. Sin embargo, para mí, Arthur brillaba con luz propia. Desde que tenía uso de razón, jamás había conocido a un hechicero o bruja con tanto potencial. Era poderoso y sabio para ser mucho más joven que el Gran Maestro, habilidoso, carismático, diestro y magnánimo. Se dedicaba a explorar el mundo y, en ocasiones, el Otro Lado en busca de conocimientos arcanos nuevos y antiguos para el buen proceder de la sociedad mágica en los tiempos modernos donde todos estabamos en peligros de ser expuestos en internet u otros medios de comunicación si metiamos la pata. Lo que más me gustaba de él y me hacía admirarlo como si fuera mi figura paterna, era que aún en pleno uso de su poder y conocimiento, no pretendía eclipsar al Gran Maestro del Círculo ni pretendía ostentar poderes políticos en la sociedad mágica. Él se consideraba uno más, alguien devoto a aprender y enseñar. Yo solamente aspiraba a ser como él. Era cuanto deseaba. Cuanto soñaba.

Con el fin de la reunión todos los aprendices comenzaron a desperdigarse por las ruinas que conformaba el refugio del Círculo, todos para prepararse mental y físicamente para el encuentro que sería en unas horas. Atravesaríamos un umbral para llegar hasta el lugar pactado por el Gran Maestro y una de las brujas tutoras de las aprendizas. Halloween. Hacía ya un año desde que ocurrió lo de Williams... y desde entonces no había vuelto a saber nada de Leah. Tampoco podría haberlo sabido aunque hubiese querido, claro. Luca estaba convencido de que no había sido intencionado y yo quería pensar lo mismo, pero quería oír la versión de la que hasta no hacía mucho, era una conocida cercana, casi una buena amiga, destinada a vivir lejos de nosotros los hechiceros hasta que cumplieramos los 20 años y estuviesemos preparados para dejar nuestros respectivos refugios. Otros como Nathaniel Rayley no estaban para nada inclinados a pensar que fue un accidente. Me angustiaba pensar en el reencuentro... demasiado -Hace mucho que no te veo, joven Bastian- la voz de Arthur me alcanzó desde la retaguardia. Me giré de forma automática
-¡Señor!- sonreí
-No me llames señor, hijo- me puso una mano en el hombro. Era grande y fuerte, reconfortante -¿Cuántas veces te lo tengo que decir?-
-Tal vez una más, al menos- sonreí -¿Puedo preguntar dónde ha estado?-
-Haciendo lo que siempre hago- se encogió de hombros -¿Sigues esperando que te cuente cómo me enfrenté al mismísimo Diablo en las puertas del infierno?- rió -Porque si es así es hora de que aprendas de una vez que eso no es posible-
-N-no esperaba oír eso, señ... Maestro Arthur- me apresuré a decir
-Era broma, chico ¿Estás preparado ya para lo de esta noche- asentí -Bien. Espero que no te afecte demasiado lo que ocurrió-
-Conozco a Leah... Me cuesta pensar que fue ella la culpable y que, además, lo hiciese queriendo. No la veo capaz de matar a sangre fría...- medité. Arthur me miraba con el ceño fruncido, reflexivo. Finalmente lo relajó y su radiante sonrisa cálida volvió a aparecer.
-Es ese tipo de confianza, la de alguien que no se deja manchar por los prejuicios, la que nos llevará a la grandeza algún día, joven Bastian- le miré a los ojos sorprendido por sus palabras de aprecio -Los juicios de Salem fueron prejuicios. La guerra entre brujas y hechiceros fueron ocasionadas por prejuicios. Incluso es mucho suponer por parte de tus hermanos brujos que nuestro poder es natural de nacimiento-
-¿No lo es?- aquello me sorprendió aún más. Desde el principio de mi instrucción, siempre había tenido entendido y enseñado por los maestros que los hechiceros somos de origen natural al contrario que las brujas. Arthur sólo mantuvo su sonrisa y me dio una palmada en el hombro.
-Volveremos a hablar en otro momento, tengo cosas que hacer, asuntos que arreglar para esta noche. Nos vemos ante el Gran Fuego, Bastian. Diviértete y convive. Celebra la magia junto a tus hermanos y hermanas. Todos, a fin de cuentas, somos uno- se marchó con paso silencioso y mi mirada clavada en su espalda ¿A qué se refería?