Bastian
El mar. Podía verlo, podía sentirlo, podía incluso respirar su aroma. Aún con los ojos cerrados lo dibujaba perfectamente en el horizonte oscuro que cubría mis ojos. Se movía, se agitaba. Rompía con olas furiosas contra muros de piedra, acantilados, orillas de playas, calas y puertos agitando los diversos barcos. Aquí, allí, en todo lugar. Desde América hasta las cosas de Japón. Todo podía verlo, todo podía sentirlo. Todo, a la vez, me arropaba y me alcanzaba. Todo... -¿Qué haces?- ... desapareció. La voz repentina y grave de Luca me sacó del trance y me hizo caer de lleno al suelo. El impacto en mis piernas y gluteos no fue fácil de ignorar. Me dolía hasta el coxis -Vaya, te he interrumpido- rió como si no lo hubiese hecho queriendo. Le miré desde el suelo con desaprobación. Mis ojos acostumbrándose aún a volver a recibir la luz de las velas y candelabros que iluminaban las viejas ruinas del Círculo
-Vete a la mierda Lu- suspiré, sabiendo que discutir con él era una pérdida de tiempo. Enfrentarle sólo me llevaría a problemas que no quería cargar
-Venga, no seas así- pasó adentro de la habitación y se reclinó a mi lado, dándome palmaditas en el hombro -Tío, te pasas demasiado con esto de ser el mejor jodido hechicero del mundo ¿Sabes?- le miré fijamente aún. Su piel oscura se recortaba contra el fulgor de la anaranjada luz de los fuegos. Su tez de ébano era atrapante de cierta manera bajo los destellos del fuego. Era un tipo atractivo hasta incluso para mí, nunca lo negué ni me avergonzaba decirlo
-¿Pasarse demasiado?- me puse en pie y me sacudí las partes traseras del pantalón -Querer ser más, hacer más, nunca es demasiado Luca. En todo caso tú y los demás sois demasiado... pasivos- me encogí de hombros.
-Pasivos no es la palabra. Somos prácticos. El tiempo libre que tenemos no lo pasamos meditando ni conectando con la magia. Somos hechiceros, hermano. La magia nos rodea por el mero hecho de existir ¿Para qué insistir?- se burló cruzándose de brazos
-Definitivamente ser hechicero no te hace ser verdaderamente conocedor de la naturaleza ¿eh?-
-¿Qué quieres decir?- entrecerró los ojos. Sabía que le había insultado, o lo sospechaba de alguna manera, pero no estaba seguro
-Da igual, déjalo- le palmeé un brazo y me dirigí al exterior de la sala. El pasillo era largo y angosto, iluminado parcialmente por las velas espaciadas. Era lúgubre y frío. Los maestros no parecían tener intención de modernizar las "instalaciones" del Círculo, al igual que las normas y costumbres -¿Dónde está todo el mundo?- pregunté a Luca al percatarme del enorme silencio que reinaba en los pasillos
-En el Sanctus- dijo con pereza, bostezando -He venido a buscarte para eso. Nos llaman, a todos-
-¿A todos?- arqueé una ceja. Ir al Sanctus no era precisamente buena señal. Por lo general, se trataba de afrontar un castigo severo por alguna clase de destrozo, afrenta o infracción. Que todos los aprendices fuesemos llamados al Sanctus sólo podía significar que se avecinaba el fin del mundo. Afortunadamente me equivocaba en ese pensamiento.
El Sanctus era muy similar a un circo romano, enorme y redondo. La única sala de todo el Círculo que no tenía un techo de piedra permitiendo vislumbrar el mar sobre nuestras cabezas y los distintos peces que se movían por el lugar. A pesar de la profundidad del lugar, era la magia del recinto lo que permitía aclarar el agua para poder deleitarnos la vista con la belleza del lugar. A mí, personalmente, siempre me encantó el Sanctus, pero como a todos los aprendices, nos aterraba la idea de ir allí. Afortunadamente era enorme y no eramos suficientes como para llenarlo por completo. Nos sentamos en las distintas gradas hechas de piedra mientras que los maestros se encontraban abajo, en el centro. El barullo formado por el constante murmurar de todas las almas presentes se fue opacando poco a poco hasta que todo se volvio tan silencioso como la propia galaxia ante la atenta mirada del Gran Maestro Nikolai, delgado, algo enjuto y con su cabeza despejada de todo cabello -Bienvenidos al Sanctus, un día más. Esta vez me alegra comunicaros que esta reunión no es para un castigo generalizado ni para una purificación por afrentas o posesión- dijo mientras dibujaba una sonrisa en el rostro, aplacando el nerviosismo presente de todos los aprendices -Los más avispados sabrán qué noche es esta, a finales de verano. Por ello nos reunimos aquí, para dar paso al exterior, a reunirnos con nuestras hermanas brujas y celebrar un apacible Halloween- de nuevo los murmullos. El Gran Maestro se mantuvo en silencio unos instantes hasta que alzó una mano e hizo una seña a una figura insondable en la tenue oscuridad a su espalda para que saliera a la luz. Sentí el rostro dolerme de la emoción debido a la sonrisa que se me talló a cincel en el rostro. Era él. Mi maestro. Había vuelto. Arthur Brook
-Aprendices del Círculo de Seimei- declaró con voz poderosa, pero amable -Conocemos, todos los maestros, el problema que hubo el año pasado. La pérdida de William Sanders nos entristeció a todos. No obstante, debemos tener en cuenta que los accidentes ocurren, hoy, mañana, y dentro de un siglo- hizo una pausa para que calara su mensaje -La magia es impredecible, así como lo es el Dios al que veneran aquellos que no la poseen. Es algo que debéis comprender y que debéis aprender a perdonar-
-¡Fue un asesinato!- dijo de pronto una voz. Un chico de cabellos rubios y despeinados se había puesto en pie y señalaba acusador a los maestros. Si no recordaba mal, se llamaba Nathaniel Rayley, de Inglaterra -¡Fue un cruel ataque y asesinato por parte de las brujas!- su acusación reiterada alzó de nuevo murmullos, esta vez más agresivos
-Debo disentir, señor Rayley. Para empezar, quisiera que no irrumpiera en de forma tan tajante y atrevida ante la palabra de los maestros- regañó con paciencia Arthur, con una cálida sonrisa paternal, en contraste a lo que advertía -Y debo añadir que no hay pruebas para destacar que la muerte de William fue un asesinato. Fue un simple accidente desafortunado-
-¿¡Desafortunado!?- soltó una carcajada el rubio -Cuando se trata de brujas nada nunca es desafortunado. Cada uno de nosotros es una molestia para ellas, para su crecimiento. Son unos parásitos de la magia. Las herederas de Salem, como tanto se gustan hacer llamar, son precisamente eso, sus herederas: hijas, nietas o sobrinas. Descendientes de una estirpe maldecida por fuerzas que no llegaban a comprender ni a dominar. Son intrusas en nuestro mundo. Y cuando han podido se han deshecho de nosotros, del origen del poder, los hechiceros- miró al resto de alumnos. Tenía un carisma desbordante en el rostro, en su sonrisa furiosa, en sus ojos brillantes ante la emoción del momento. Se podía sentir cómo atraía las miradas de todos los aprendices. Sentí un escalofrío al mirarle fijamente. Sentí que algo no estaba bien -No sé vosotros, mis hermanos, pero yo opino que si nos reunimos con las brujas una noche más sea para diezmarlas ¡Como hacíamos en el pasado!- alzó el puño y, de foma preocupante, otros le siguieron
-¡Silencio!- tronó de pronto la voz de Arthur, esta vez sin sonrisa paternal. El ambiente se heló de forma ipso facta, de forma casi literal. Había neblina en el aire que apareció de forma espontanea -Señor Rayley, no permitiré que haga apología ni enaltezca el terrorismo y el asesinato entre congéneres. Las brujas y los hechiceros hemos convivido durante generaciones, desde hace siglos, en paz. Desde que Reina Winters y Ozimandias Angus unieron su sangre en sagrado rito ante las puertas del Otro Lado- concluyó con solemnidad -No seremos nosotros quienes ensucien el tratado de nuestro Gran Maestro, fundador de este Círculo- declaró -Si vuelvo a oirle decir semejante disparate, será catalogado de forma inmediata como seguidor de la Senda de la Mano Negra, joven aprendiz. Y será tratado como tal- ante aquella amenaza, Nathaniel se sentó en silencio. Aún se podía respirar la frustració y la rabia en el Sanctus. Sin embargo, para mí, Arthur brillaba con luz propia. Desde que tenía uso de razón, jamás había conocido a un hechicero o bruja con tanto potencial. Era poderoso y sabio para ser mucho más joven que el Gran Maestro, habilidoso, carismático, diestro y magnánimo. Se dedicaba a explorar el mundo y, en ocasiones, el Otro Lado en busca de conocimientos arcanos nuevos y antiguos para el buen proceder de la sociedad mágica en los tiempos modernos donde todos estabamos en peligros de ser expuestos en internet u otros medios de comunicación si metiamos la pata. Lo que más me gustaba de él y me hacía admirarlo como si fuera mi figura paterna, era que aún en pleno uso de su poder y conocimiento, no pretendía eclipsar al Gran Maestro del Círculo ni pretendía ostentar poderes políticos en la sociedad mágica. Él se consideraba uno más, alguien devoto a aprender y enseñar. Yo solamente aspiraba a ser como él. Era cuanto deseaba. Cuanto soñaba.
Con el fin de la reunión todos los aprendices comenzaron a desperdigarse por las ruinas que conformaba el refugio del Círculo, todos para prepararse mental y físicamente para el encuentro que sería en unas horas. Atravesaríamos un umbral para llegar hasta el lugar pactado por el Gran Maestro y una de las brujas tutoras de las aprendizas. Halloween. Hacía ya un año desde que ocurrió lo de Williams... y desde entonces no había vuelto a saber nada de Leah. Tampoco podría haberlo sabido aunque hubiese querido, claro. Luca estaba convencido de que no había sido intencionado y yo quería pensar lo mismo, pero quería oír la versión de la que hasta no hacía mucho, era una conocida cercana, casi una buena amiga, destinada a vivir lejos de nosotros los hechiceros hasta que cumplieramos los 20 años y estuviesemos preparados para dejar nuestros respectivos refugios. Otros como Nathaniel Rayley no estaban para nada inclinados a pensar que fue un accidente. Me angustiaba pensar en el reencuentro... demasiado -Hace mucho que no te veo, joven Bastian- la voz de Arthur me alcanzó desde la retaguardia. Me giré de forma automática
-¡Señor!- sonreí
-No me llames señor, hijo- me puso una mano en el hombro. Era grande y fuerte, reconfortante -¿Cuántas veces te lo tengo que decir?-
-Tal vez una más, al menos- sonreí -¿Puedo preguntar dónde ha estado?-
-Haciendo lo que siempre hago- se encogió de hombros -¿Sigues esperando que te cuente cómo me enfrenté al mismísimo Diablo en las puertas del infierno?- rió -Porque si es así es hora de que aprendas de una vez que eso no es posible-
-N-no esperaba oír eso, señ... Maestro Arthur- me apresuré a decir
-Era broma, chico ¿Estás preparado ya para lo de esta noche- asentí -Bien. Espero que no te afecte demasiado lo que ocurrió-
-Conozco a Leah... Me cuesta pensar que fue ella la culpable y que, además, lo hiciese queriendo. No la veo capaz de matar a sangre fría...- medité. Arthur me miraba con el ceño fruncido, reflexivo. Finalmente lo relajó y su radiante sonrisa cálida volvió a aparecer.
-Es ese tipo de confianza, la de alguien que no se deja manchar por los prejuicios, la que nos llevará a la grandeza algún día, joven Bastian- le miré a los ojos sorprendido por sus palabras de aprecio -Los juicios de Salem fueron prejuicios. La guerra entre brujas y hechiceros fueron ocasionadas por prejuicios. Incluso es mucho suponer por parte de tus hermanos brujos que nuestro poder es natural de nacimiento-
-¿No lo es?- aquello me sorprendió aún más. Desde el principio de mi instrucción, siempre había tenido entendido y enseñado por los maestros que los hechiceros somos de origen natural al contrario que las brujas. Arthur sólo mantuvo su sonrisa y me dio una palmada en el hombro.
-Volveremos a hablar en otro momento, tengo cosas que hacer, asuntos que arreglar para esta noche. Nos vemos ante el Gran Fuego, Bastian. Diviértete y convive. Celebra la magia junto a tus hermanos y hermanas. Todos, a fin de cuentas, somos uno- se marchó con paso silencioso y mi mirada clavada en su espalda ¿A qué se refería?
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