Leah
Lo sabía.
Sabía que aquel día no iba a ser un buen día. Sabía que aquella noche no haría más que hacerme recordar de forma constante el peor momento de mi vida. Lo que jamás llegué a imaginar es que fuese capaz de revivirlo de forma tan clara.
No, aquel chico no podía ser William. Era imposible. Pero ¿Por qué le había visto? ¿Por que le había oído? Me froté el cuero cabelludo conforme andaba, sorteando raíces y arbustos secos. Por un momento, pensé en la calada que le había dado a las hierbas candentes de Joanne. ¿Había sido la responsable de que tuviese aquella alucinación? Era imposible. Ninguna hierba podía llegar a hacer ver algo que no existe con tanta perfección. Las brujas, desde pequeñas, aprendíamos los distintos tipos de hierbas y plantas que existían en nuestro medio, los usos y los remedios que podían hacerse con ellas e incluso los peligros que entrañaban. Nuestros ropajes olían a flores y nuestras manos a hierbas aromáticas. Conocía los efectos y aquel no era uno de ellos.
Las lágrimas se me escapaban de los ojos de forma descontrolada. Las manos me temblaban como poseídas por un espectro oscuro. Y los pies, seguían caminando sin cesar. No sabía muy bien hacia donde iba, pero suponía que simplemente huía. La simple idea de volver con los demás me aterraba ¿Como reaccionaría? ¿Les diría que había visto al espíritu de William y que me había culpado? ¿Gritaría como una loca para que me creyesen? Bufé solo de imaginarlo.
Por un momento, una macaba idea me cruzó la mente: Si de verdad había visto a William, todo lo que me había dicho era lo que realmente él sentía. Había pensando muchas veces en qué fue lo último que pensó Will antes de que su corazón se detuviese, mientras me miraba con ojos brillantes y muy abiertos. Los días más optimistas me obligaba a pensar que simplemente, fue consciente de que algo no iba bien y dejó que su vida se apagase. Los peores días, que fueron muchos, imaginaba que pensó lo mucho que me odiaba. Que se quiso aferrar a la vida para vengarse o que se sintió enormemente traicionado. Por ello, quizá aquellas palabras... quizá aquella expresión...
Cansada, acabé por sentarme sobre el suelo. Si bien hacia unos años, la idea de tener el trasero sobre la tierra húmeda me disgustaba, ahora me daba cierta paz. Supuse que las enseñanzas del aquelarre comenzaban a dar sus frutos, y que la comunión de mi ser con la naturaleza era más clara ahora que antes. Sentí la vida que se movía a mi al rededor. Los grillos estridulaban, los gusanos reptaban y las plantas tomaban el oxígeno del ambiente. Respiré hondo, lo más hondo que pude. Dejé de oír y sentir por unos segundos, lo que me ayudó a tranquilizarme.
Tenía que hacer algo. Tenía que afrontar la realidad. La noche pasaría muy pronto si seguía dando vueltas por el bosque sin rumbo fijo. Lo único que conseguiría es que transcurriese un año más sin explicaciones. Bastian, Luca y Connor se marcharían una vez más y no habría tenido la oportunidad de explicarles lo que ocurrió aquella noche. Si en un año nuestra amistad posiblemente se había deteriorado, con el transcurso de uno más... de seguro iba a desaparecer.
Decidí respirar aire profundamente una vez más. Supuse que me vendría bien y lo tomaría como fin de aquella estúpida huida que no llevaba a ninguna parte. Sin embargo, al hacerlo, sentí algo. Como una vibración. Algo sumamente peculiar. Me puse en pie, alertada. Aquella noche algo no estaba yendo bien y no estaba dispuesta a seguir huyendo aterrada. Un frío punzante me atenazó la piel, poco común a finales de verano. Sin lugar a dudas, lo que empezó a inundar mi nariz fue algo demasiado extraño y poco mundano como para ignorarlo.
Caminé en círculos hasta que encontré la dirección de la que provenía aquella sensación tan oscura. Con pasos decididos, seguí el camino. Lo único que encontré fueron árboles y más árboles, únicamente iluminados por el brillo de la luna, sin el cual, sería casi imposible andar. Conforme avanzaba, aquellas vibraciones en los oídos empezaron a acentuarse, hasta que llegó un punto en el que sentí que los tímpanos iban a colapsar. Pero a mi al rededor no había nada. Miré en todas direcciones con las manos puestas sobre las orejas. Observé con detenimiento todo lo que me rodeaba, aunque solo fuese naturaleza. Intenté sentir algo nuevo, algo que no hubiese notado antes. Pero no había nada.
Al dar un paso hacia atrás, noté que el tacón de la bota pisó algo duro y robusto. Llevé una mano al suelo para comprobar que lo que estaba pisando no solo era hojarasca acumulada. Ahí había algo. Con la punza del pie, aparté las hojas y las ramas secas del suelo hasta que un pedazo de piedra cuadrada con dibujos en relieve se dejó ver. Me acuclillé junto al hallazgo, observando como los dibujos eran totalmente desconocidos para mi, abstractos. La forma de aquel pedazo de tierra de, aproximadamente, un metro, me recordaba a una antigua lápida de un cementerio abandonado. Pasé la yema de los dedos sobre la superficie, tratándola con mimo. Topé con un agarré en uno de los lados, lo que me hizo pensar que aquello no era una piedra cualquiera. Probé a tirar del agarré, y a pesar de que aquella piedra pesaba demasiado, sentí que algo cedía. Y de ahí, una esencia oscura emanó y me envolvió — Pero ¿Qué...?— Miré a mi al rededor. Estaba sola. Allí nadie, ni si quiera una profesora, iba a castigarme por curiosear. ¿Qué podría haber ahí abajo? Durante más de diez años, el aquelarre, oculto entre las montañas de Syber, se había mantenido tranquilo y pacifico. Jamás habíamos detectado una amenaza en los lugares colindantes. Si aquello que estuviese bajo la escotilla fuese algo malo, cualquier bruja ya lo habría detectado hacía años. Debía ser algo nuevo... algo que había surgido hacia poco tiempo. Me permití volver a tirar del agarre. Usé todas mis fuerzas para que la escotilla se moviese y, finalmente, cedió.
El olor a magia era tan intenso que casi me costaba respirar mientras observaba la oscuridad que se habría hueco a ras del suelo. Por un momento, la idea de regresar y explicar a las profesoras lo que había encontrado, me pareció buena opción. Pero seguramente me sermonearían por haberme escapado de la fiesta y no harían caso a mis palabras, las cuales tomarían como simples excusas para desviar la atención sobre mi castigo.
Volví a acuclillarme junto a la escotilla, intentando medir la distancia que habría entre la apertura y el subsuelo. Apenas se sentía con claridad, pero notaba el movimiento de los bichos bastante cerca. Quizá, cometí una locura al dar un salto y caer en el interior de lo que, a todas luces, parecía ser un sótano bastante pequeño. Frente a mí solo había paredes que a penas podía llegar a diferenciar. La atmósfera era asfixiante, por no hablar del mal olor y... —Oh, oh...— Ahí, justo frente a mis narices, había alguien. Y fuera quien fuera esa persona, estaba tendida sobre el suelo. Muerta.
—Esto no puede ser verdad—
Caminé en círculos hasta que encontré la dirección de la que provenía aquella sensación tan oscura. Con pasos decididos, seguí el camino. Lo único que encontré fueron árboles y más árboles, únicamente iluminados por el brillo de la luna, sin el cual, sería casi imposible andar. Conforme avanzaba, aquellas vibraciones en los oídos empezaron a acentuarse, hasta que llegó un punto en el que sentí que los tímpanos iban a colapsar. Pero a mi al rededor no había nada. Miré en todas direcciones con las manos puestas sobre las orejas. Observé con detenimiento todo lo que me rodeaba, aunque solo fuese naturaleza. Intenté sentir algo nuevo, algo que no hubiese notado antes. Pero no había nada.
Al dar un paso hacia atrás, noté que el tacón de la bota pisó algo duro y robusto. Llevé una mano al suelo para comprobar que lo que estaba pisando no solo era hojarasca acumulada. Ahí había algo. Con la punza del pie, aparté las hojas y las ramas secas del suelo hasta que un pedazo de piedra cuadrada con dibujos en relieve se dejó ver. Me acuclillé junto al hallazgo, observando como los dibujos eran totalmente desconocidos para mi, abstractos. La forma de aquel pedazo de tierra de, aproximadamente, un metro, me recordaba a una antigua lápida de un cementerio abandonado. Pasé la yema de los dedos sobre la superficie, tratándola con mimo. Topé con un agarré en uno de los lados, lo que me hizo pensar que aquello no era una piedra cualquiera. Probé a tirar del agarré, y a pesar de que aquella piedra pesaba demasiado, sentí que algo cedía. Y de ahí, una esencia oscura emanó y me envolvió — Pero ¿Qué...?— Miré a mi al rededor. Estaba sola. Allí nadie, ni si quiera una profesora, iba a castigarme por curiosear. ¿Qué podría haber ahí abajo? Durante más de diez años, el aquelarre, oculto entre las montañas de Syber, se había mantenido tranquilo y pacifico. Jamás habíamos detectado una amenaza en los lugares colindantes. Si aquello que estuviese bajo la escotilla fuese algo malo, cualquier bruja ya lo habría detectado hacía años. Debía ser algo nuevo... algo que había surgido hacia poco tiempo. Me permití volver a tirar del agarre. Usé todas mis fuerzas para que la escotilla se moviese y, finalmente, cedió.
El olor a magia era tan intenso que casi me costaba respirar mientras observaba la oscuridad que se habría hueco a ras del suelo. Por un momento, la idea de regresar y explicar a las profesoras lo que había encontrado, me pareció buena opción. Pero seguramente me sermonearían por haberme escapado de la fiesta y no harían caso a mis palabras, las cuales tomarían como simples excusas para desviar la atención sobre mi castigo.
Volví a acuclillarme junto a la escotilla, intentando medir la distancia que habría entre la apertura y el subsuelo. Apenas se sentía con claridad, pero notaba el movimiento de los bichos bastante cerca. Quizá, cometí una locura al dar un salto y caer en el interior de lo que, a todas luces, parecía ser un sótano bastante pequeño. Frente a mí solo había paredes que a penas podía llegar a diferenciar. La atmósfera era asfixiante, por no hablar del mal olor y... —Oh, oh...— Ahí, justo frente a mis narices, había alguien. Y fuera quien fuera esa persona, estaba tendida sobre el suelo. Muerta.
—Esto no puede ser verdad—
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